Biutiful es Javier Bardem. Biutiful es Alejandro González Iñárritu. Biutiful es tristeza, es sordidez, es belleza.
La cuarta película del mexicano sigue la estela de sus anteriores películas, tejiendo una historia a fuego lento en el que las emociones brotan poco a poco, en el que todo va tomando sentido hasta un final desgarrador en el que el espectador no puede más que derrumbarse.
Iñarritu cuenta la historia de Uxbal, padre de dos niños, separado, que vive en Barcelona y sobrevive ayudando y trapicheando con mafias de inmigrantes irregulares. Uxbal tiene un don. Uxbal tiene, también, un cáncer de próstata. No diré mucho más, pero de todas maneras, lo importante en el cine de Iñárritu es la forma que tiene de contar las cosas, y en Biutiful todo es tan crudo que en más de un plano tuve que apartar la mirada.
Uno de los dramas más tristes que recuerdo haber visto, no un melodrama barato, sino que todo aquí encuentra una justificación, en el que todo es cine con mayúsculas y arte. Javier Bardem vuelve a regalar a la Historia del cine una de las interpretaciones más impactantes que se recuerden, lo que no hace más que confirmar lo que ya sabía: es el mejor actor español de todos los tiempos, y uno de los mejores del mundo. Todo en esta película gira en torno a él y borda un papel extremadamente complejo, lleno de dureza y lleno de humanidad y lleno de amor por sus dos hijos. Biutiful es la historia de un padre, de un hijo, de un marido que ama a pesar del dolor de un amor dañino y destructor.

También los secundarios contribuyen a ensalzar el personaje de Uxbal: la mujer inestable, tan frágil e histriónica que parece a punto de explosionar en cualquier instante, que pasa del llanto a la risa y al llanto de nuevo, a los silencios y a los gritos en menos de un minuto. Ella, esa mujer, es interpretada por la actriz Maricel Álvarez, que merece la nominación al Goya. También el pequeño papel de Ana Wagener, cargado de intensidad. E incluso las lúcidas interpretaciones de Rubén Ochandiano y Eduard Fernández sirven para engrandecer a Javier Bardem, que ganará el Goya al Mejor Actor y merece, una vez más, estar nominado al Oscar. Por sus miradas, por su voz, por su manera de moverse, por sus lágrimas.

Y hablando del Oscar, Biutiful intentará competir por el Oscar a la Mejor película de Habla no inglesa representando a México. Sin embargo, tanto en el fondo como en la forma, es una película española. Por Bardem, por Barcelona y porque la historia que cuenta forma parte de la realidad de España, no de México. Algo parecido pasó con El laberinto del fauno, que también representó a México cuando de mexicana no tenía nada más que el director. Pienso que el cine es universal, que una buena película lo es sin importar su nacionalidad, pero son los académicos quienes exigen una nacionalidad, una etiqueta, y en este caso se confunden: Bitufiul es, reitero, española y así debería ser reconocida internacionalmente.
Mavillosa la música de Gustavo Santaolalla. Maravillosa la fotografía de Rodrigo Prieto. En Biutiful la inestabilidad emocional, la inestabilidad de la cámara, va creando un agujero en el alma, y hace cada vez más pequeño a los espectadores.
No es una obra maestra, aunque se aproxima a serlo, de ahí las más que merecidas cuatro estrellas, rozando las cinco, que le doy. No lo es por un metraje excesivamente largo y por alguna secuencia que rompe el ritmo. Pero merece muchísimo la pena verla, a pesar de la dureza, a pesar de la tristeza. Merece la pena verla por la narrativa cinematográfica impactante, en el estricto sentido de la palabra. Merece la pena verla, sobre todo, por el bello mensaje de amor paternal. Grandísimo Iñarritu, grandísimo Bardem.