A veces las dedicatorias de los autores son tan inolvidables como las novelas en sí mismas. Suele ser lo primero que leemos del libro que tenemos entre manos, a veces nos dan pistas sobre la propia historia que nos vamos a encontrar, a veces no tienen nada que ver... a veces no hay dedicatoria.
En mi opinión, dedicar un libro es uno de los gestos más bonitos que puede tener un autor, no sólo porque esa dedicatoria pública llegará seguramente a miles de personas, sino porque además muy pocas personas tienen la suerte en su vida de que un autor les dedique un libro, una obra del espíritu.
Hay dedicatorias triples, como la de Lucía Etxebarria en
Cosmofobia:

Para Curro Cañete, que ha sido mi mano derecha y parte de mi cabeza en el último año, con agradecimiento.
Para Allegra, con la esperanza de que de mayor lo lo lea y le guste.
Y para Jeff, esta novela sobre Madrid, para que valore todo lo que tiene aquí.
Dedicatorias colectivas, como la de Miguel Delibes en
El hereje:
A Valladolid, mi ciudad
Hay dedicatorias que son poesía, como la de Gabriel García Márquez en Del amor y otros demonios:
Para Carmen Balcells
bañada en lágrimas.
Para Antonio, con amor y gratitud
Para Elvira, que tanto lo quiso
Hay dedicatorias anónimas, como la de Mario Vargas Llosa en Travesuras de la niña mala:
A X, en memoria de los tiempos heroicos
Dedicatorias rotundas:
Para Leandra Pérez, mi madre, por su coraje
Para Mercedes, por supuesto
(El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez)
Dedicatorias que son una declaración de amor implícita o explícita:
A Luis, medio millón de veces
(Castillos de cartón, de Almudena Grandes)
A Pilar, que no dejó que yo muriera
(El viaje del elefante, de José Saramago)
Pero la mejor de todas, sin duda alguna, es la siguiente:
A León Werth
Pido perdón a los niños por haber didicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo; hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fueran suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria:
A León Werth
cuando era niño