La señora Dalloway es mi primer acercamiento a esta autora, que tenía tantas ganas de leer que se convirtió casi en una obsesión, en una necesidad. Y lo cierto es que de todo lo bueno que tiene esta novela lo que tengo que destacar especialmente es la forma en la que está escrita, en un ejercicio literario sublime al alcance de muy pocos escritores, de casi ninguno.
Porque en La señora Dalloway, Virginia Woolf traza una especie de crucigrama entre todos los personajes, uniéndose en alguna de las partes y, sobre todo, denotando una maestría literaria al profundizar tanto en sus cabezas, en sus pensamientos.
Es el relato de una jornada, la jornada en que Clarissa Dalloway organiza una fiesta. Sin más. Pero los invitados, la gente que se cruza durante ese día, reflexiona sobre la vida, sobre la muerte y sobre el amor, y lo hace con tal certeza que el lector consigue distinguir a cada uno de los personajes en ese desfile caótico. Especial atención merecen la Señora Dalloway que da título al libro y Peter Walsh, que acaba de regresar de la India. Un antiguo amor que pudo ser y no fue... ¿pero y si hubiera sido?... y alrededor de ellos, acapara la luz con el brillo especial de la tristeza el señor Septimus, traumatizado tras haber combatido en la Primera Guerra Mundial.
Virginia Woolf imprime en su texto una profunda melancolía, y demuestra una depuración estilística que he leído en muy pocos, en poquísimos autores en mi vida. Porque es capaz de interrelacionar lo que sucede en el exterior, los impulsos externos, con aquello que está dentro de la cabeza de sus personajes, lo que se dice sólo a medias, lo que se piensa pero no se dice, con las idas y venidas propias de la mente. Y esto en un mar de voces, que resuenan en diferentes niveles.
Virginia Woolf que baila a medio camino entre el snobismo británico y la ruptura de lo establecido, y lo mismo se deleita en una rosa que en un beso lésbico. Lo mismo hace hincapié en las buenas maneras que en la depresión atroz que destroza por dentro.
No es un libro para lectores lineales, pasivos, para aquellos que adolecen de flojera intelectual. No. La señora Dalloway requiere de un lector activo que conforme el puzzle, que se involucre en lo que ocurre durante ese día de junio que será un día de fiesta. Pero hacerlo, y hacerlo con gusto, merece la pena, de verdad, y la sensación final es absolutamente gratificante.





























