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sábado, 6 de abril de 2013

Minireseñas: TRES DELICIAS PARA LOS OJOS

Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood (***)
Biopic sobre la cantante chilena Violeta Parra, que más que una cantante era una artista completa, un derroche de creatividad, de búsqueda interior de la identidad nacional, un carácter artístico íntegro que me recuerda a la Edith Piaf francesa. Maravillosa interpretación de Francisca Gavilán. Una película que te lleva a Chile, que suena a Parra, tan enamoradiza, tan digna, tan loca. Un viaje hasta los cielos que concluye con su canción estandarte: Gracias a la vida. Gracias, Violeta, por existir.





My blueberry nights, de Wong Kar-Wai (***)
My blueberry nights es una pequeña (o grande) obra artística, como suele ocurrir con las películas de Wong Kar-Wai.
Cuatro historias cruzadas, cuatro almas solitarias que se atraen y se repelen en un despliegue de dolor y de rencor, pero donde florece la sensibilidad en medio del lugar más árido y deshumanizado del mundo: Nueva York. Cuatro actores "sin peros": Jude Law, Norah Jones, Rachel Weisz y David Strathairn. Todos con la sensibilidad a flor de piel. 
Maravillosa Banda Sonora y, sobre todo, un ejercicio de dirección fotográfica digno de admiración.




Elephant, de Gus Van Sant (****)
Esta película narra la tragedia de Columbine, donde dos jóvenes hicieron una matanza en un instituto que terminó con la vida de 15 personas. Lo mejor es la tensión que crea Gus Van Sant gracias a su técnica narrativa fílmica, a las cámaras inestables que van y vienen por los largos pasillos, una tensión irrespirables que estalla al final en charcos de sangre sin piedad y que dejan al espectador sumido en un estado de shock, en un impacto que se prolonga durante días. Visionado imprescindible y casi insoportable.  




viernes, 19 de junio de 2009

MI NOMBRE ES HARVEY MILK, de Gus Van Sant

Sensación agridulce la que me ha dejado esta película, que trata sobre la vida de Harvey Milk, el primer homosexual que ocupó un cargo público en Estados Unidos y que fue asesinado en 1978.

Un biopic que cuenta con dos puntos fuertes: el primero, Sean Penn, que desde hace varios años solamente hace papeles absolutos que bien merecen el premio Oscar -por Mi nombre es Harvey Milk ha ganado el segundo.

El segundo punto fuerte es el guión, una historia sobre una persona que luchó hasta la muerte por defender sus ideales. Una "hagiografía gay" de un hombre que dio su vida para que el resto de homosexuales luchasen por sus derechos, por su dignidad y por su plena igualdad, un "mártir". Como dijo Virginia Woolf, alguien tiene que morir para que los demás aprecien la vida.

Sin embargo, Gus Van Sant fracasa a la hora de exprimir el magnífico guión haciendo demasiado hincapié en la trayectoria política de Milk, decayendo así la emoción de cómo se deteriora la relación con su pareja, Scott, que le apoya siempre -magnífica la interpretación de James Franco, al que hasta ahora consideraba un actor adolescente-.

Las interpretaciones son también agridulces, si Sean Penn todo lo hace creíble y se ha posicionado como uno de los mejores actores de su generación, Josh Brolin (No es país para viejos) y Diego Luna no están a la altura, siendo evidentes las carencias del primero y la sobreactuación del segundo.

Una película irregular, con algunos puntos álgidos muy emocionantes y con un discurso final de los de lágrima casi inevitable, pero que se hace larga -como suele ocurrir con los biopic-, que podría haber sido un canto a la libertad y a la dignidad, y se ha quedado en el intento.

No se puede vivir sólo de esperanza, pero la vida no merece la pena sin esperanza.