Regusto agridulce. Regusto, pues, que me produce disgusto. Esa es la sensación con la que me he levantado hoy pegada al paladar, cuatro Goyas para La piel que habito que saben a poco cuando los más importantes (Mejor Película y Mejor Director) fueron a parar a las manos de Enrique Urbizu y su No habrá paz para los malvados. Porque, como aventuró Isabel Coixet minutos antes de que se descubriera el paste, hay veces que sí que la hay, la paz para los malvados, digo.
La gala se inició con un número musical, que llegó sin calentamiento, y al que siguió un discurso de Eva Hache, una presentadora efectiva y dinámica, deslenguada y graciosa, que llevó bastante bien las riendas de una ceremonia que siempre puede resultar cargante (normal, teniendo en cuenta que se entregan casi treinta cabezones), que bromeó con Antonio Banderas y su Melanie, con Almodóvar. La entrega del primero de los premios, el de Mejor Actor de Reparto, nos dejó uno de los momentos más emotivos de la noche: la reaparición de Silvia Abascal, agradecida por estar. Simplemente por estar tras haber sufrido un ictus.
Otro de los grandes momentos de la noche fue el discurso de Santiago Segura, muy gracioso y acertado, muy en su papel. Segura que hablo del "amiguismo" de los académicos, muy typical spanish.
Y en cuanto al palmarés, aunque fue una noche bastante equilibrada y hubo premios para todos, está claro que los grandes triunfadores fueron Urbizu y Coronado, por una película policíaca que algunos tildan de tv movie venida a más. Cuatro, dos menos que No habrá paz para los malvados, se llevó la película de Almodóvar, cuatro galardones que saben a poco, a pesar de ser, dos de ellos, de los premios gordos: Mejor Actriz Protagonista para Elena Anaya, que dio el discurso más bonito de la noche, y Jan Cornet, Mejor Actor Revelación, el que más lo merecía de los cuatro, por la complejidad de su papel. Lástima por Banderas, un actor al que jamás he defendido, pero que en esta ocasión está brillante, y hubiera sido un bonito homenaje por parte de sus compañeros y también hubiera sido un gran momento televisivo.
Cuatro premios que saben a gloria se llevo también el western Blackthorn, y tres fueron a parar a La voz dormida (María León, que dio un discurso hermoso, que recordó a aquellas mujeres que vivieron la Guerra Civil y que perdonan, sí, pero no olvida, y Ana Wagener, un reconocimiento necesario) y para Eva (entre ellos, Mejor Actor de Reparto para Lluis Homar).
En definitiva, fue una ceremonia bastante entretenida, con algunas partes muy graciosas, y tan sólo me da pena ese sabor agridulce que mencionaba al principio, esas rencillas perennes de los académicos con Pedro Almodóvar, que merecía el reconocimiento como Mejor Director, porque lo es, porque su última película, La piel que habito, es una gran película, arriesgada y valiente, y sales del cine con la extraña sensación de haber visto un espectáculo narrativo y visual de excelsa calidad y con una congoja que se prolonga durante horas y días, un impacto de luces y sombras en la piel que habito.

















