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jueves, 18 de junio de 2015

Crítica | Jurassic World, de Colin Trevorrow


Quizá hayan pasado los años justos para que esta película, la cuarta entrega de la saga que iniciara Steven Spielberg, se haya convertido en la más taquillera en el fin de semana de su estreno. Algo más de dos décadas para despertar la curiosidad y las ganas de volver a pasear entre dinosaurios a todos aquellos que rondamos los 30 y que tuvimos una infancia con un protagonismo indiscutible de estas criaturas prehistóricas. 

Una nostalgia saciada gracias a la melodía -todo un clásico- de John Williams, que ha recuperado Michael Giacchino y que es capaz de despertar la emoción vibrante de acceder al maravilloso mundo de Jurassic World, un parque temático en el que los "exextintos" animales son los protagonistas. Sin embargo, una nueva especie creada genéticamente comienza a crear problemas en el complejo turístico. 

Jurassic World recupera parte de la esencia de la primera entrega, aunque le falta algo (o bastante) de la frescura de aquella y también de la inocencia de la primera vez. La acción arranca quizás algo tarde, se podría haber reducido el metraje de la primera parte pero, cuando empieza, ya no acaba. Y eso es lo bueno de esta película en la que no faltan los clichés (el héroe, el beso, la mujer de acero que esconde un corazoncito) y con un argumento absolutamente previsible. Pero aún así se disfruta enormemente, solo hay que dejarse llevar. Total, ya sabíamos a lo que íbamos al cine y cualquier otra cosa hubiera podido ser una estafa. Jurassic World no es un producto fresco -Spielberg es (¿era?) mucho Spielberg-, pero sí sincero. Cumple las expectativas, pero porque eran pocas.  

Aparentemente, el blockbuster más potente de este verano 2015 que acaba de comenzar. Yo la recomiendo, la verdad, para descongestionar es perfecta. ¿Ganas de verla?


Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

sábado, 10 de marzo de 2012

Crítca de 50/50 de Jonathan Levine


Me disgusta tener que publicar esta crítica hoy. No porque la película no me haya gustado, no. Al contrario, me ha encantado. Me disgusta porque, tal y como sucediera el pasado año con BlueValentine y Rabbit Hole50/50, que consiguió dos nominaciones en los últimos Globos de Oro (Mejor Película y Mejor Actor de Comedia para Joseph Gordon-Lewitt) no ha llegado a las salas de cine españolas. Y, por el momento, parece que no hay fecha de estreno prevista. Esto nos lleva una vez más al eterno debate de si es lícito el visionado de películas a través de Internet. Porque si una película consigue nominaciones en la temporada de premios, quiero verla antes de la ceremonia. No meses después. O incluso nunca, como pasó con las anteriormente mencionadas, que creo que ni siquiera llegaron a las salas. Porque las productoras se duermen en los laureles y en este mundo global que se mueve tan rápido no estamos dispuestos a esperar tanto. 

Por eso busqué este filme sobre Adam, un chico de 27 años al que le diagnostican un cáncer de espalda. La película nos muestra cómo esta nueva y dolorosa situación afecta a su vida y a sus relaciones. En el trabajo, con su novia, con su mejor amigo y su madre. De corte indie, con esa luminosidad especial y característica que han adquirido este tipo de películas en los últimos años (fácilmente reconocibles, incluso por la luz: Juno, Pequeña Miss Sunshine, Beginners..) 50/50 (Fifty fifty) quiere presumir de ser una “comedia dramática” y, sin embargo, me cuesta encajarla en cualquiera de los dos géneros. No es una comedia, no puede serlo cuando el tema que trata es realmente duro, cuando a un joven le desestabilizan y parten la vida. Cuando en algunas partes los ojos se llenan de lágrimas. Pero tampoco es un drama,  no es un drama por la naturalidad con la que tratan el tema, por el derroche de frescura que exhala el protagonista, una frescura que viene dada por su juventud y sus ganas de vivir. Y precisamente es esa naturalidad y esa frescura las que hacen de esta película uno de los títulos imprescindibles del año. Imprescindible porque la película funciona a la perfección durante los 100 minutos, porque combina el entretenimiento ligero con un mensaje de positividad que va calando, que hace que una sonrisa se dibuje en el rostro. Este es el cine que me gusta. El que consigue despertar emociones en mí, el que se aleja del maniqueísmo, incluso desde una visión comercial, realizada para gustar. Y que gusta, y eso, al fin y al cabo, es lo importante. 

50/50 es una película valiente, que no teme en hablar del cáncer sin tabúes, que no teme en decir “esperanza de vida”, incluso “muerte”. Y que se aleja de los tópicos soporíferos de los dramas que suelen abordar el tema (como Restless, la última y fallida producción de Gus Van Sant). El director, Jonathan Levine, sabía lo que quería, pero ha dejado a sus actores brillar: en primer lugar al protagonista, Joseph Gordon-Lewitt, que demuestra una vez más que es uno de los actores más a tener en cuenta del nuevo panorama interpretativo de Hollywood. Enamoró en (500) Días Juntos, no defraudó en Origen, y este año le veremos a las órdenes de Nolan y Spielberg. Joseph Gordon-Lewitt es el actor idóneo para este tipo de papeles en los que se precisa naturalidad y sencillez. Y demuestra que es capaz de sostener el peso cuando la película lo requiere.

Secundándolo tenemos a Seth Rogen, encargado de provocar la carcajada (a veces lo consigue, a veces no) y de convertirse en el amigo incondicional, pase lo que pase; también a Anna Kendrick, que vuelve a hacer un papel de listilla, como en Up in the air, que le va bien, pero a la que tengo ganas de ver en un registro diferente. Y a Bryce Dallas Howard, haciendo de insoportable una vez más, como en Criadas y señoras.  Es decir, todos los personajes tienen un perfil marcado y algo estereotipado, pero por alguna extraña razón consiguen funcionar, consiguen hacer que espectador disfrute.  Quizá la vi el día adecuado.

En definitiva, una película perfecta para una tarde de domingo rara, uno de esos días en los que no es necesario tener los sentidos demasiado despiertos, sino que lo que se busca es dejarse llevar, sin abandonarse tampoco a un producto hueco. Una película que merece el calificativo de “bonita”, sin pretensiones, digna de elogio. 

martes, 20 de diciembre de 2011

CRIADAS Y SEÑORAS, de Tate Taylor


Sin duda, estamos ante la película revelación del año: con una gran acogida por parte del público y encumbrada por la crítica, la segunda película de Tate Taylor ha conseguido emocionar a casi todos.

No seré yo quien eche por tierra un producto digno, emocionante, una historia que nos lleva hasta el Mississippi  de los años 60, cuando Skeeter (Emma Stone) decide entrevistar a las mujeres negras que se han pasado toda su vida sirviendo en las casas de los ricos blancos. Es fácil imaginar que estamos una historia que vuelve a sacar el racismo y la segregación que ha marcado buena parte de la Historia de Estados Unidos, y es increíble pensar que todo esto ocurría hace tan solo 50 años, que las mujeres negras no podían usar el baño de las mujeres blancas, y que hoy, el presidente del país sea un hombre negro, un hecho que me hace seguir confiando en el ser humano, en su capacidad de  evolución.

La película tiene algunos puntos fortísimos, sobre todo gracias a sus actrices, porque esta es una cinta de mujeres: Viola Davis está, desde la primera escena, tan soberbia que si llevara sombrero me lo quitaría. Grande en sus miradas, en su sensatez, en su drama  y en su fuerza. Octavia Spencer tiene un papel que es como un caramelo, dulce, tremendamente cómica incluso cuando todo parece trágico, tan expresiva como Whoopy Goldberg en Ghost. Apuesto a que el Oscar como Mejor Actriz de Reparto este año llevará su nombre.  Y también hay que mencionar el buen trabajo de Emma Stone, eje que une a blancas y negras, en un papel más amable y menos complejo que solventa con efectividad. Además, tenemos a Jessica Chastain en el que parece que está siendo el año de su consagración y a la gran Sissy Spacek que nos regala alguno de los momentos más cómicos e inolvidables de la película (y es que si la recuerdo todavía me río).

Sin embargo, también diré que otros de los puntos son flojísimos (estoy preparado para la lapidación): el guión de la película vuelve a hablarnos del tema del racismo, manido hasta decir basta, y en esta ocasión, además, lo hace sin ningún pudor a caer en clichés y mediocres lugares comunes para conseguir emocionar a todos, algo que consigue, sí, pero hay veces que no está bien sacarnos lágrimas que nacen desde el juego sucio, una película demasiado sentimentalista con demasiadas trampas y señuelos para aparentar ser grande cuando en realidad no lo es tanto, o no lo sería de no ser por sus actrices y su impecabilidad visual. Cae en clichés desgastados del american dream, y también lleva al extremo a sus personajes: las buenas son muy buenas, las malas son muy malas, cínicas y tontas y maniquíes. Para que nadie se pierda y piense lo que no es. Todo es demasiado evidente, pero reconozco que funciona, y funciona de maravilla, además.

La película es fresca y amable, porque ni tan siquiera el papel de Viola Davis –el más dramático- consigue oscurecer una película llena de color rosita, que se hace la ingenua evitando con descaro los aires de grandeza y consigue que el espectador empatice, sobre todo, con las criadas, porque todos nos hemos sentido alguna vez algo “criada”, y nos hubiera encantado dar una patada en el culo a nuestra “señora”.  Una comedia diferente, con un trasfondo dramático tras las cortinas que no se exhibe, porque la vida, y el cine, a veces, saben mejor cuando nos tapamos los ojos con las manos, cuando sólo probamos lo dulce.  Casi le doy cuatro estrellas…