El segundo largometraje de Sarah Polley se centra en algo tan universal como la vida y la muerte: el desamor. Un sentimiento de mil formas que a veces es devastador, otras calmo, otras triste y otras como una liberación. En este caso, un desamor que nace del desgaste, de la cotidianidad y de una pasión que se desvanece con el viento.
Margot es una mujer que se casó muy joven y que lleva una vida feliz, pero a la que su atractivo vecino le desmontó los pilares de la vida. Él se enamora de ella, ¿y ella? ¿dará el paso y se atreverá a tomar ese vals del dolor de la ruptura y de la pasión renovada?
Sarah Polley cuenta una historia que nos han contado ya una y mil veces, pero lo hace incidiendo en las miradas y en los miedos, deleitándonos con metáforas que no por explícitas son menos certeras: el personaje de ella tirándose a la piscina, el baño en la ducha con las mujeres mayores y la demoledora frase: "lo nuevo se vuelve viejo" y los besos a través del frío cristal, tan cerca de los otros labios y, a la vez, imposibles de rozar, de sentir.



