El lugar del cuerpo, del escritor boliviano Rodrigo Hasbún, es una novela breve, pero profunda e incisiva. Es una muestra de su depuración estilística, del cuidado y del mimo que pone en cada una de sus frases, de sus palabras, de sus letras.
El inicio de la novela es tremendo: una anciana, Elena, recuerda las violaciones que sufrió en su casa cuando era niña por parte de su hermano. Ese suceso, que jamás salió de su cuerpo, que se quedó dentro, marcó para siempre su destino. Un destino unido a la literatura, al sexo y al amor que a veces duele, al sexo y al amor que no son más que excusas para protegerse del dolor, para buscar el calor que reconforte durante un ratito, no más, y unido también al desapego, al aparente desapego por un país que deja de ser el suyo, pero que siempre lo sigue siendo, en la distancia sigue presente, planteando cuestiones, lo sigue siendo hasta en los albores de la muerte.

No busquéis en esta novela un argumento trepidante. Buscad, y encontraréis, una pequeña herida: la que provoca a veces la literatura sobre la piel y sobre lo que hay debajo de la misma. Porque a Elena le dolía vivir, incluso cuando al final de su vida es homenajeada por su trayectoria. Le dolía vivir. Y así nos lo cuenta Rodrigo Hasbún a través de la voz de ella, sin florituras, con una precisión pasmosa e hiriente.
Una mirada con ojos de migrante. Una mirada con destellos de huidas. Un retrato digno y sólido sobre un país del sur, sin mencionar su nombre, su idiosincrasia, su cielo. Pero ahí presente, a pesar de todo, a pesar, seguramente, de la propia Elena, del propio Hasbún, al que ha sido todo un placer leer.
El lugar del cuerpo es una novela del alma, del alma rota. También es una reflexión metaliteraria, una expresión de literatura, una reflexión sobre la misma desde la misma.
La vida para escribir la vida.