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lunes, 24 de febrero de 2014

RESEÑA | EL LOBO DE WALL STREET, de Martin Scorsese


Fui a ver esta película hace dos semanas, en Ciudad Real, en la única sesión en versión original disponible. Una película de tres horas que empezaba a las nueve de la noche de un martes. Y la sala estaba llena, llenísima, tanto que me toco verla desde la Fila 1. Una pantalla tan grande que para ver algunas escenas completas tenía que mover la cabeza de un lado para otro, como en un partido de tenis. Y a veces me daba la sensación de que me iba a llegar algún escupitajillo de Leonardo Dicaprio, de tan cerca que le tenía. Pero mereció la pena. Porque El lobo de Wall Street nos devuelve al mejor Scorsese después de la ñoña La invención de Hugo, que sería un bonito producto para cinéfilos, no lo niego, pero que me aburrió de una manera soberana. Y porque El lobo de Wall Street nos ofrece al mejor Dicaprio que hemos visto hasta la fecha, y eso que en alguna ocasión le hemos visto ya destacando mucho.

Es la historia de Jordan Belfort, que entró a trabajar durante un período breve de tiempo en Wall Street para después montar su propia empresa bursátil con la que no quería necesariamente que sus clientes obtuvieran las ganancias más seguras, sino que lo importante era que él y sus empleados ganaran dinero a toda costa. Digamos que una manera de verlo podría ser la siguiente: "robar al ladrón te hace menos ladrón". Algo así pensaría Belfort. O tan siquiera, porque a lo largo de la peli se demuestra que no tiene escrúpulos. Pero no crean que estamos ante otra película aburrida sobre Wall Street y tal y tal, no. Esto es otra cosa: es desenfreno, es un enano que va a ser lanzado como proyectil (la mejor conversación que hemos visto en el cine esta temporada), es droga hasta decir ¿basta?, es sexo a todas horas. Dios, y cómo se disfruta viendo a Leonardo Dicaprio y a Jonah Hill desfasando de esa manera, qué excesivo es todo. 

Martin Scorsese vuelve a hacer de las suyas con esta película brutal, al borde de lo que un espectador soporta, o mejor, metiendo al espectador en esa espiral de excesos hasta el punto en el que ciertas escenas brutales no sorprendan tanto como deberían porque ya te has acostumbrado.

Leonardo Dicaprio se entrega en el mejor papel de su carrera hasta la fecha y es todo un lujo verle en un registro diferente al de Shutter Island u Origen, y hacerlo tan bien, demostrando una vez más que es uno de los mejores de su generación. La escena en la que, debido a una droga, su cuerpo se queda paralizado y tiene que arrastrarse hasta el coche es de las más divertidas y bestias que recuerdo. No pocas veces, durante la proyección, sacudí la cabeza, entre escandalizado y fascinado. Lo digo ya, quiero que el Oscar a Mejor Actor sea para él. 

A Dicaprio le secundan Jonah Hill, también en su mejor papel hasta la fecha, más al límite incluso que el protagonista en algunos momentos, tan al límite que le vemos masturbándose, bajo los efectos de las drogas, en medio de una fiesta. También hay que destacar a Matthew McConaughey en un pequeño papel al principio del fin, un yonqui con traje y corbata, a Margot Robbie, perfecta es su papel de rubia interesada; o al oscarizado Jean Dujardin en el papel de un miserable banquero suizo (Sé que sobra el adjetivo miserable porque... ¿acaso no son miserables la mayoría de los banqueros... y de los suizos?) 

El lobo de Wall Street es una película agotadora, es otra vez una crítica a la corrupción en Estados Unidos, pero contada mejor, con el pulso firme del maestro Scorsese sosteniendo la cámara, y más divertida. Tres horas de puro cine.

Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

martes, 21 de febrero de 2012

MONEYBALL: ROMPIENDO LAS REGLAS, de Bennett Miller


Sigo sorprendido de encontrar títulos como este entre los nominados a los Premios Oscar. Pero es que además, en esta ocasión, la cinta ha conseguido nada más y nada menos que seis nominaciones, lo que me parece un despropósito que roza lo vergonzante.

Moneyball entretiene y gusta. Se ve y después se olvida. Se usa y se tira. Es una americanada festiva, con himno nacional incluido, un producto yanqui manido y encorsetado, una prolongación de esas películas desfasadas de los años ochenta y noventa del siglo XX que enaltecían el american dream. Pero es que ya ese dream no se lo cree nadie. Y lo peor, intenta desasirse de esas etiquetas y revestirlas de actualidad en este siglo XXI inmerso en una parálisis social, económica y casi cultural.

Puede que este disgusto que siento sea producto de las altas expectativas, de los elogios eternos que ha despertado, pero, aunque pueda parecer esta una crítica excesivamente negativa, he de reiterar lo que decía en el párrafo anterior, que Moneyball entretiene. Igual que puede entretener Gran Hermano 12+1, sumiendo al espectador en una especie hipnosis, pero poco más. Muchos dicen que no es sólo una película sobre beisbol, que no es la típica película en la que un equipo parece que va a perder y luego resulta que gana. Entonces, ¿Qué es lo qué he visto yo? Vale, sí, no cae en la evidencia más absoluta pero me niego a elogiar “esto”.

Si tengo que elogiar, elogiaré a Brad Pitt. No demasiado tampoco, no crean. No es su mejor papel, aunque está efectivo y lucido. Pitt sabe lo que hay que hacer y lo hace, y eso ya es mucho. Junto a él, un también práctico Jonah Hill, en un papel que parece que le viene como anillo al dedo. Ambos consiguen elevar esta película, aunque desde mi punto de vista sus papeles adolecen de una estereotipia bastante mediocre. En cuanto a Phillip Seymour Hoffman, me sorprende que un actor de su categoría se preste a hacer papeles tan pequeños y tan simplones. Si yo fuera él, y tuviera una categoría profesional como la suya, jamás hubiera participado en Moneyball. Me hubiera gustado escribir que Brad Pitt merecía ese Oscar al que está nominado, porque es un actor al que admiro, un actor que, como ya he dicho en otras ocasiones, ha ido mejorando con los años. Pero, a pesar de su buen trabajo, no merece ese premio, no, no y no.

Con los visionados de La red social y Moneyball tengo una cosa clara: no me gustan los guiones de Aaron Sorkin, esos que tanto alaban, porque intentan crear héroes, pero son héroes de cartón, que se los lleva el viento cuando sopla, héroes que se regocijan de su propia dignidad pomposa, lo que me produce un rechazo nauseabundo. Héroes que tienen nombre y apellido en el mundo real, héroes que necesita un colectivo deprimido. Yo, no.


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