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viernes, 14 de febrero de 2014

RESEÑA | AGOSTO (August: Osage County), de John Wells


Lo primero que pensé cuando salí del cine, aquella tarde de viernes lluviosa, fue: "hija de puta la Meryl,  lo ha vuelto a hacer". Sí, disculpad la expresión, pero así fue. ¿Pero cómo no pensar así cuando ves una interpretación de tal calibre, magistral desde el primer plano hasta el último y con una secuencia (la de la comida) digna de todos los premios del mundo?

Cuando el señor Weston desaparece en extrañas circunstancias, toda la familia se reúne en la casa de Oklahoma. Allí, por cosas de la vida, tendrán que permanecer juntos durante unos días. Pero es agosto, y en el mes de agosto, en el condado de Osage, apenas se puede respirar. Hace demasiado calor y falta el aire. 

Así es cómo podríamos resumir, sin desvelar demasiado, lo que ocurre en esta película que es una adaptación de la obra teatral homónima de Tracy Letts que ganó el Pulitzer en 2008, y cuyo director, John Wells ha sido muy fiel al libreto y ha mantenido esa concepción de la obra, tanto es así que parece que en ocasiones estamos sentados frente a un escenario y los actores están ahí mismo, sobre las tablas. Para algunos, esto es precisamente el fallo más grande que tiene Agosto, para otros es un placer ver una película filmada así, tan al límite siempre, con los intérpretes transmitiendo esa tensión propia del teatro, el estómago encogido, la voz algo más alta de lo normal, proyectando, rozando lo patético y la sobreactuación, y conseguir finalmente que el conjunto funcione precisamente por eso, por estar tan viva como el teatro. Un gustazo. 

Protagonizada por Meryl Streep en el mejor papel que he visto de ella en los últimos años (damas de hierro aparte... o no), haciendo de matriarca de una familia cargada de miserias y secretos, con miembros tan diferentes a los que sólo une el ADN, enferma de cáncer, profundamente inteligente, desgastada de vivir, rabiosa de ira. Y secundada por Julia Roberts haciéndole frente, los hay que tener bien puestos para enfrentarse a una mujer de tal calibre, y Roberts consigue estar a la altura de las circunstancias, ella será la heredera natural de ese carácter de su madre, tomará la batuta de una familia que ya no es tal, y eso a pesar de la distancia que quiere marcar con ellas, con su madre y con su familia, porque no son iguales, porque no quiere parecerse a esa mujer que es su madre y que rezuma egoísmo y destrucción. O quizá es que son demasiado parecidas. De una manera u otra, Julia Roberts y Meryl Streep protagonizan la pelea de gatas (literal) más memorable de los últimos años en el cine.  Tras ellas, un elenco (del que forman parte Chris Cooper, Abigail Breslin, Ewan McGregor o Juliette Lewis, entre otros) que se mantiene en pie incluso ante esos dos monstruos interpretativos. 

Agosto es el retrato de cualquier familia, de la tuya, de la mía, llevado al extremo, eso sí, pero en todos los sitios cuecen habas. El refranero español nunca se equivoca. El retrato de un matrimonio que se mantiene unido hasta el final a pesar del odio; el de otro matrimonio en el que queda un poso enorme de amor, pero la rutina fue más fuerte (demoledora la frase de Ewan McGregor cuando le dice a su mujer que es un coñazo). Agosto incluye además tiene otras subtramas que están bien hiladas aunque se son, en la parte final, demasiado enrevesadas. Pero con todo, es un melodrama brutal, excesivo, al borde del histrionismo, buceando en la mordacidad que hace reír y pellizca al mismo tiempo. Y un lujazo para los ojos, sobre todo en los espacios interiores, cerrados, donde apenas corre aire. 

Sólo por la secuencia de la cena merece la pena verla, y a ser posible en pantalla grande y versión original. 

La frase: "Por suerte no conocemos el futuro, no nos levantaríamos de la cama". 

Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

lunes, 22 de octubre de 2012

LO IMPOSIBLE, de Juan Antonio Bayona


Podríamos hablar de la cantidad de millones que ha recaudado ya en la taquilla española o de la campaña de marketing brutal de Mediaset que ha saturado las pantallas de televisión. Pero no. Porque Lo Imposible, más allá de las cifras económicas, ha conseguido que la gente vea y hable del cine español, y que lo haga con verdadera admiración. Porque a nivel técnico esta película está a la altura de las más grandes superproducciones desde la primera escena hasta la última. El sonido, los efectos especiales o la fotografía no tienen nada que envidiar a ningún otro filme de Hollywood. 

Pero esta espectacularidad técnica se entronca con un drama vibrante que acongoja más de lo normal porque el espectador sabe que ese desastre que tuvo lugar durante las navidades de 2004 en la costa asiática no es ficción. Y la realidad siempre es más dura que la ficción. Esa familia que disfrutaba del paraíso en Tailandia existió, existe, en verdad, y esa ola gigante marcó sus vidas para siempre, irremediablemente. 

A nivel emocional la película puede que caiga en clichés o que sea tramposa (la música, los primeros planos), pero es fácil dejarse arrastrar por esa ola y no poder reprimir las lágrimas cuando un padre se reencuentra con un hijo, cuando tienes ante tus ojos el escenario del dolor, de un dolor inevitable además, porque contra esa ola, contra la fuerza de la naturaleza hay poco que hacer. Quizá por eso dé más miedo. Por saber que fue real y que fue inevitable. 

No es una disaster movie convencional. Sino un cóctel de grandeza y de pequeñas cosas. De virtuosismo técnico y derroche, y también de miradas y abrazos estrechos. Es complejo que elementos tan dispares lleguen a buen término, pero Bayona, en su segundo largometraje, consigue un resultado más que digno, dando forma a sus ambiciones en una película que parecía imposible pero que es real. 

Decía la protagonista, Naomi Watts, que pocas veces ha afirmado con rotundidad en su trayectoria que estaba realmente orgullosa de su trabajo. Y aquí ha hecho gala de ese orgullo. No es para menos. En Lo imposible conjuga un buen hacer dramático con un gran trabajo físico. Está espléndida, como pocas veces lo ha estado en su carrera. Como lo estuvo en 21 gramos y en Madres e hijas, sumando ahora esa dificultad física que hay que elogiar. Pero ella no está sola, y Ewan McGregor y Tom Holland configuran un trío protagonista que son el motor la película.

Lo imposible, que es española 100% aunque no encontremos en ella referencias de nuestra identidad cultural, es una película que duele y que emociona. Que acongoja y que es un canto a la esperanza y a la vida cuando nadie apostaría por ella. Lo imposible es, en su espectacularidad técnica, una película pequeña que conecta con las emociones de un espectador apabullado, arrastrado también por esa ola, que bucea entre el lodo para salir a flote, para enjugarse las lágrimas y reconocer el disfrute de ver el séptimo arte en todo su esplendor. 

lunes, 26 de diciembre de 2011

BEGINNERS (PRINCIPIANTES), de Mike Mills


Me decidí a ver esta película por dos razones: la primera, por Mélanie Laurent, una actriz francesa a la que descubrí hace unos años en la película Je vais bien, ne t'en fais pas, por la que recibió un premio César, y que me parece uno de los rostros más bonitos del cine francés, además de poseer unas enormes dotes interpretativas. Y segunda, porque esta vez sí, tiene un trailer que cumple el objetivo con creces: nos dice de qué va la película y nos deja con ganas de más:


Ewan McGregor protagoniza esta historia con dos líneas argumentales: por un lado, la relación con su padre, que al quedarse viudo le confesó que era gay. Por el otro, su historia de amor con una joven actriz a la que conoce en una fiesta de disfraces. Beginners es una película sencilla, sencilla y hermosa. Ha conseguido que una sonrisa tonta se me dibujara en la cara desde el principio, una sonrisa mientras veía desfilar ante mí las imágenes de esa historia de amor que nace sin palabras pronunciadas, que crece y que asusta. Ha conseguido que una sonrisa tonta se me dibujara en la cara mientras veía en la pantalla imágenes de ese anciano gay enamorado, disfrutando de la vida cuando ya apenas le quedaba tiempo, porque hay veces que sí, que más vale tarde que nunca.

Los actores están en estado de gracia, porque consiguen una naturalidad que hay veces que escasea, una naturalidad que les hace especiales, que les convierte en seres únicos. Los tres impecables: Ewan McGregor, con su capacidad para transmitir emociones desde el silencio, Mélanie Laurent, por sus miradas y su expresividad, y Chritopher Plummer, por su vitalidad, el más vital de los tres, a pesar de la edad, quizá porque sea el que menos miedo tenga a ser un principiante. Y un perrito, Arthur, entrañable. 

Su guión está cargado de bella nostalgia, que mezcla la tristeza y la esperanza, la emoción y las sonrisas, y su montaje la hace dinámica y su fotografía plásticamente atractiva, y el amor que se profesan los personajes pasa de estar latente a estar presente de una manera tan palpable que cuesta no rendirse a esta película, que cuesta no enamorarse de ellos. Y lo logra con una candidez que se aleja de moralinas y de pedanterías, con la más penetrante sencillez, la que conquista y deja un poso de gratitud en el espectador.  Mike Mills no plantea cuestiones ni da respuestas, deja que sea el espectador quien se pregunte y busque también la respuesta, si es que desea plantearse algo, si es que necesita responder a alguna pregunta. Y yo me pregunto ¿acaso tenemos miedo a enamorarnos? ¿a compartir nuestra vida? ¿tenemos miedo de desestabilizar nuestro mundo estable? ¿de destruir los pilares? ¿sentimos pánico de que el amor descoloque nuestro mundo tal y como lo conocemos y que el dolor de una una posible pérdida sea más fuerte al amor sentido previamente? 

Beginners ha sido mi sorpresa del año, un retrato melancólico que se aleja de clichés hollywoodienses, que te hace sonreír y que te emociona y te conquista, por la aceptación de uno mismo, por la alegría de vivir que se nos escapa a veces entre los dedos, por los recuerdos que pesan sobre nosotros y adquieren una forma y un nombre. Muy, pero que muy, recomendable. Porque todos somos principiantes.