Rodar la vida. Eso es lo que se propuso el certero Richard Linklater con este proyecto que ha tardado 12 años en dar forma, rodando de a poquitos, viendo crecer a sus actores y conformando unos personajes a los que la palabra "personaje" les queda muy pequeña, de vivos que están.
¿Y sobre qué trata Boyhood? Sobre las mudanzas, entendidas como transiciones. También sobre los afectos que se crean y se rompen. Sobre el amor y sobre el desamor. Sobre nada demasiado fascinante, tampoco. Pero precisamente ahí es donde radica la esencia de una película que, sin contar nada, lo cuenta todo. Linklater consigue crear tensión y provocar emociones sólidas en el espectador, hacerlo desde la nada, de manera casi imperceptible. Y después de casi tres horas de metraje uno sale de la sala de cine con la sensación extraña de haber visto una película aparentemente como todas que tiene algo que la hace muy especial, ¿pero qué es? Es difícil de explicar, porque ese punto que hace diferente a Boyhood varía según cada espectador, pero posiblemente todos, con un ápice de sensibilidad, sabrán encontrarse en alguno de los momentos de esa vida: en el amor de hermanos, en los padres separados, en las ilusiones por un gobierno diferente, en las despedidas y los nuevos encuentros, en el esfuerzo por lograr algo. Y todos, absolutamente todos los espectadores, deberían aplaudir esa manera sutil y sublime de enfrentarse al paso del tiempo.

Ahí un momento en Boyhood, casi al final, en el que el personaje de Patricia Arquette, la madre, rompe a llorar. Son lágrimas inesperadas, que no vienen motivadas por un suceso trágico, ni siquiera especialmente dramático. Pero es muy factible que, sin darse demasiada cuenta, el espectador sienta "que se le ha metido algo en el ojo", que le sacuda un viento y acompañe a esa madre en sus lágrimas por la vida que avanza, a veces, sin que nos demos cuenta. Vida, vida, vida, ¿cuántas veces he escrito ya la palabra vida en esta opinión? Patricia Arquette en la mejor interpretación de su carrera, maravillosa como nunca lo ha estado: logra transmitir esa constancia y esa valentía que caracterizan a su personaje. Arquette es el eje de una historia, la columna vertebral de una familia que no tiene la forma que algunos pretenden imponer.
El personaje principal es para Ellar Coltrane, que defiende con creces su papel de protagonista absoluto, preservando la mirada intensa y rota desde la infancia, conformándose su carácter especial con el tiempo. Junto a él, la niña, Lorelei Linklater (hija del director) que en la primera parte de la película derrocha desparpajo (pasará a la historia su interpretación de Ops I did it again). Luego está Ethan Hawke, tan apasionado al principio, en una evolución hacia la madurez quizá previsible, para algunos algo triste, pero entrañable de todas maneras, por los cuatro costados.
Con una narrativa cinematográfica sencilla y precisa, Boyhood es una película necesaria. Vayan a verla, augurarle unas cuantas nominaciones a los Premios Oscar a esta maravilla (Arquette como actriz de reparto y Linklater como guionista y director tienen muchas opciones de premio) no es ser demasiado arriesgado, lo sé. Con premios o sin ellos, Boyhood merece todos los elogios porque el objetivo se cumple con creces: rodar la vida.
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