En su segundo fin de semana en taquilla, Ocho apellidos vascos ha conseguido un aumento del 60% con respecto a su semana de estreno, que ya consiguió colocarse la medalla de "el mejor estreno de una película española desde la todopoderosa Lo imposible". Una auténtica pasada que confirma que el boca-oreja sigue funcionando mucho y muy bien. Incluso mejor que nunca, gracias al bombardeo tecnológico-social al que estamos sometidos. Y siempre es una alegría ver una película española en el número 1 de la taquilla y además con estas cifras tan positivas, porque cuando gana el cine español, ganamos todos.
Sin embargo, quiero decir que no voy a hacer una crítica positiva de nuestra particular Bienvenidos al norte porque, sencillamente, no creo que estemos ante una buena película. Tiene un factor muy positivo, y es que logra conectar con un público muy amplio, pero el guión hace aguas por todos los lados y no es más que una sarta de clichés manidos que terminan produciendo sopor y agotamiento de un espectador maduro. Sé que esto es ir contracorriente y levantar ampollas innecesarias, pero de verdad, creo que el cine patrio ha demostrado ser capaz de hacer comedias de calidad. De hecho, el año pasado, las mejores películas fueron comedias: desde la comedia total de Tres bodas de más, a la comedia fresca como La Gran familia española o la entrañable y cargada en matices Vivir es fácil con los ojos cerrados. O también la comedia de acción y brutal que es Las brujas de Zugarramurdi. Es decir, que comedias hay para todos los gustos. Y claro, de repente Emilio Martínez Lázaro nos planta esta película que hace reír basándose en convencionalismos, como si un monólogo eterno de El club de la comedia se tratara. Y por suerte y a dios gracias, Ocho apellidos vascos es mejor que su anterior película, La montaña rusa, que se llevó la etiqueta de Película para olvidar en CAJÓN DE HISTORIAS y que bien merecía ser quemada en la hoguera del olvido.
Los actores están muy acertados en sus interpertraciones: el gran Karra Elejalde en el papel de padre vasco; Carmen Machi de viuda "en el exilio" y falta de cariño; Clara Lago, arisca como debe de ser; y Dani Rovira en su papel de señorito andaluz que se hace pasar por un vasco y que consigue, en su primer papel cinematográfico, estar a la altura de los otros tres intérpretes (¿creéis que ya tenemos al primer nominado como Mejor actor revelación en los Premios Goya 2015?). Pero claro, los buenos papeles no son suficientes cuando el guión es absolutamente mecánico y destinado al desastre.
A ver, que yo también me he reído con sus gracietas, a saber: la vasca con flequillo cortado con un hacha, el andaluz repeinado con su medalla de una virgen colgando del cuello, el padre que come y bebe como una bestia humana y los guiños a los nacionalismos del norte y del sur. Algunos andan diciendo por ahí que es una película valiente por tratar estos temas ahora que los medios de comunicación parece que quieren crear más fracturas que nunca, pero lo valiente para mí habría sido hacerlo con inteligencia.
El año pasado, viviendo en Bolivia, compartí vida con una sevillana, y entre mi grupo íntimo había también dos vascas. Ellas se encargaron ya de teatralizar desde el profundo cariño y respeto lo que nos muestra la película, así que quizá por eso me ha parecido tan mediocre lo visto en la pantalla, porque la realidad supera la ficción y las peleas de mi sevillana nacionalista con mis vascunis me hicieron disfrutar mucho más.
Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria




