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domingo, 10 de febrero de 2013

DJANGO DESENCADENADO, de Quentin Tarantino


Aunque no me gusta demasiado el western, que esta película llevara la firma de Tarantino era una razón de peso para verla. 

Esta es la historia de Django (Jamie Foxx) un esclavo que es puesto en libertad por el alemán por el Dr. Schultz (Christoph Waltz) y juntos emprenden la búsqueda de unos asesinos de y de la mujer del propio Django. 

Una especie de road movie a caballo con aires de spaguetti western, Django desencadenado tiene buenas dosis de humor absurdo made in Tarantino (la conversación sobre los capuchones del Ku-Kux Klan no tiene desperdicio) con menos sangre que de costumbre (aunque tampoco falta, no se asusten).

Lo mejor de la película es la perfecta conexión que se ha creado entre el director y Christoph Waltz, una brillantez extrema que resulta incluso agotadora de lúcida. Gracias a Tarantino, Waltz ganó el Oscar en 2010 por Malditos bastardos. Ahora, bien merecería volver a ganarlo por dar vida de nuevo a un personaje inteligente, complejo, mordaz hasta la muerte. Él es lo mejor de Django desencadenado, con diferencia. 

El resto del reparto está más que correcto, desde Jamie Foxx hasta Leonardo Dicaprio, dos grandes actores que ya no tienen nada que demostrar, dos intérpretes con muchísimas tablas tablas que han pasado la "prueba Tarantino" con buena nota, sobre todo el segundo. Lo completan la casi siempre maravillosa Kerry Washington y el versátil Samuel L. Jackson, entre otros. 

La película no es perfecta. Tiene un problema que amenaza con echarla a perder: el metraje es excesivo. Le sobran, como mínimo, 30 minutos. Tarantino podría haber hecho una obra maestra si se hubiera ceñido a lo realmente relevante, haciendo la película más dinámica. Ha hecho, eso sí, la película que quería hacer, y eso se nota.

Con todo, la experiencia general del visionado es, como casi siempre que te enfrentas al universo Tarantino, una mezcla de sangre y humor, un canto a lo hiperbólico, una demostración de conversaciones sencillas que entrañan una gran complejidad y que muy pocos consiguen hacer con tanta veracidad

Tarantino es como el vino, mejora con los años. Cada vez es más elegante y refinado sin perder su esencia. Gran director en todos los niveles, mejor guionista. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

MADRES E HIJAS, de Rodrigo García

La última película de Rodrigo García, hijo del escritor colombiano Gabriel García Márquez, es un regreso a sus inicios como director, un ritmo pausado que recuerda al de su primera película Cosas que diría con solo mirarla, para la que ya contó con un reparto de lujo encabezado por Glenn Close.
Madres e hijas nos cuenta la historia de tres mujeres: una señora de unos cincuenta años a la que la vida se le ha pasado entre arrepentimientos; una ambiciosa abogada en su plenitud profesional que se queda embarazada sin esperarlo; y una afroamericana casada que no puede concebir y se decide, junto a su marido, a adoptar un bebé de una mamá de alquiler. Tres historias que se entrelazan más allá de la raza y las diferencias sociales.
Madres e hijas se sustenta en sus sobervias interpretaciones: Annette Bening asumiendo sus arrugas y sacándoles provecho, llena de matices un personaje complejo que se basa más en las miradas que en las palabras (me encantan las interpretaciones contenidas). Naomi Watts, actriz que no termina de convencerme, pero que está en estado de gracia. Y Kerry Washington, que demuestra que es una gran actriz aunque su carrera no termina de despegar. Y después Samuel L. Jackson para el que no hacen falta ni presentaciones ni adjetivos.
Sin embargo, el guión (del propio director) tiene vacíos en algunas partes y otras partes totalemente prescindibles por forzar el melodramatismo. García ofrece una visión mitad hermosa mitad triste de la maternidad, de las pérdidas y de los vínculos que se establecen entre madres e hijas. Un universo femenino y maternal que se escapa a mi entendimiento y que, centrándome únicamente en la película, da como resultado un metraje algo más largo de lo que debía, algunas escenas previsibles que echan a perder el conjunto, y una última media hora más que maravillosa.
Quizá estoy decepcionado porque me esperaba más, lo que me deja  Madres e hijas, sobre todo, es una  sensación agridulce.