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miércoles, 14 de febrero de 2018

Crítica | La forma del agua, de Guillermo del Toro


La película que suma más nominaciones en los Premios Oscar de este año es un cuento hermoso, una historia de amor contra el mundo durante tiempos tumultuosos entre dos personas únicas. O, lo que es lo mismo, una historia común y corriente, porque todos somos únicos y todas las épocas están teñidas de revueltas. 

Elisa trabaja como limpiadora en un laboratorio en el que se encuentra recluido un monstruo que fue capturado en el Amazonas. Pronto, entre ellos surge una química especial, una atracción patente, como la que siente Elisa por el agua.

En La forma del agua todo fluye como la corriente de un río dulce que va a desembocar a un mar salado. Fluye porque Guillermo del Toro, protagonista del mes en CAJÓN DE HISTORIAS, es un magnífico contador de historias, y conjuga lo necesario para que su película embelese: la dirección artística, la música, el vestuario y la emoción.

Los actores están espléndidos: Sally Hawkins hace un papel entrañable sin decir ni una sola palabra, capaz de transmitir tanto con la mirada, con cada uno de sus gestos. Sobresaliente. Alrededor de ella, orbitando, Octavia Spencer -que es ya, junto con Viola Davis, la actriz afroamericana más nominada en los oscars- quien brilla nuevamente con su interpretación fresca y poderosa a la vez; Michael Shannon, Richard Jenkins y Michael Stuhlbarg están impecables también, con unos papeles que les vienen como anillo al dedo.  

La forma del agua es una película poética que no aparta la mirada ante los males del mundo, ante el racismo, la homofobia o los abusos. La forma del agua es CINE con mayúsculas, una de esas veces que uno sale con la magnífica sensación de estar ante una obra mayor, sensual y dulce. Plenitud cinematográfica y artística.



Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

jueves, 12 de enero de 2017

Crítica | Animales nocturnos, de Tom Ford


Tom Ford cambia de registro en su segundo largometraje, pero consolidad su identidad visual y narrativa, así como capacidad para dirigir actores en Animales nocturnos, una película inquietante, elegante y magistralmente  interpretada. 

La película nos cuenta la historia de una exitosa mujer que recibe una novela inédita de su primer marido, lo que despierta en ella sensaciones que creía olvidadas, hasta tal punto que comienzan a tambalearse los pilares de su vida. Animales nocturnos es la historia íntima de esa mujer, y es también la propia historia que se narra en el manuscrito, mucho más brutal y visceral. 

Preciosa la fotografía, el vestuario (no olvidemos que Tom Ford es también un prestigioso diseñador) y la música de Aber Korzeniowski, que también compuso las partituras de A single man (Un hombre soltero), y que me gustó tanto que hasta le dediqué una entrada a esa banda sonora. 

Amy Adams, protagonista del mes en CAJÓN DE HISTORIAS, está espléndida en un papel lleno de complejidad, muy contenido, pero capaz de transmitir la angustia y los remordimientos que le corroen por dentro. Jake Gyllenhaal, por su parte, demostrando una vez más su buen hacer. El elenco lo completan Michael Shannon y Aaron Taylor-Johnson, galardonado por su papel con el Globo de Oro al Mejor Actor de Reparto. 

Animales nocturnos es una película cuidada, que se recrea en los detalles, que mantiene atento al espectador y que es capaz de remover en él durante días una emoción latente e incómoda, como solo logran hacerlo las buenas películas. 



Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

viernes, 3 de abril de 2009

REVOLUTIONARY ROAD, de Sam Mendes

Si estar loco significa vivir la vida como si importara, entonces no me importa que estemos locos de atar. Esta es una de las frases que bien podría resumir el espíritu de una película en la que todos están locos y el loco es el único cuerdo.

Sam Mendes hace un fiel retrato de la sociedad americana más hipócrita, una década después de recibir todos los elogios y premios por American beauty, su ópera prima. Ahora, en Revolutionary Road vuelve a hablar de esta belleza americana, de esta sociedad de la apariencia en la que de cara al vecindario somos los más felices y sonrientes, pero cuando se cierra la puerta de casa invade la angustia y el vacío.

Frank (Leonardo Dicaprio) y April (Kate Winslet) son el matrimonio protagonista, “una pareja especial”, tal y como les definen sus amigos, pero en la intimidad les asalta la misma sensación de ausencia y vacuidad. Y toda la angustia nace del sueño frustrado de April de viajar a París y triunfar en la ciudad de la luz como actriz.

Kate Winslet consigue hacer llegar al espectador sus ganas de cambiar, de arriesgar y triunfar. Ella representa la luz y el color en una película de corte clásico y puesta en escena impecable que se va apagando hasta llegar al negro total.

Dicaprio, por su parte, es lo opuesto: el conformismo, el miedo y la hipocresía. Ambos forman una buena pareja de actores, pero si ya en Titanic se podía apreciar el buen hacer de Winslet sobre el ídolo adolescente que era entonces Dicaprio, ahora a la actriz le es suficiente con una mirada y un silencio para desmontar el trabajo de un actor que tiene que gritar y desesperarse en exceso para intentar estar a su altura.

Winslet grande como siempre, Winslet amarga y contenida, evoluciona de la ilusión a la desesperanza, tan emocionante como Julianne Moore en Las horas, para acabar transmitiendo la infelicidad en estado puro, una sensación amarga de la que Sam Mendes parece ser un maestro.

La película cuenta además con Kathy Bates y Michael Shannon en un papel pequeño pero indispensable. Shannon es un loco, pero su locura es la que invita a reflexionar al espectador sobre las falsas apariencias y los verdaderos sueños, que se convierten después en sueños rotos. Un drama que ahonda con crudeza en los aspectos de una sociedad de la imagen que deja escapar a menudo el tren de las ilusiones. Absolutamente demoledora.