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miércoles, 9 de abril de 2014

RESEÑA | STOCKHOLM, de Rodrigo Sorogoyen


Una de las grandes sorpresas de la temporada pasada, el último milagro del cine español, un proyecto pequeño que terminó siendo grande y de largo recorrido (triunfó en el Festival de Málaga y en los Premios Feroz) y que culminó con la guinda de un pastel en forma de Premio Goya a Javier Pereira como Mejor Actor Revelación. Un reconocimiento curioso para un actor que no es nuevo en el mundo del cine (mucho menos en el de la televisión) pero eso es otra historia. 

Stockholm es el relato de un encuentro una noche de fiesta. Un chico persigue a una chica que le ha gustado. Ella insiste una y otra vez en que no se irá con él. Que no y que no y que no. Pero a veces las cosas cambian y terminan la noche juntos. Eso sí, una cosa es la noche y otra es el día, y ninguno de los dos son realmente quienes parecían ser. Porque Stockholm no es una historia de amor juvenil, ni una película romántica. O no sólo eso. O no en la manera convencional: a la mitad de la cinta hay un punto de inflexión que llega con la luz del amanecer madrileño y desestructura todo lo anterior, desmontando al espectador, obligándole a poner en marcha su cerebro para no perder ni un sólo detalle. No puedo contar demasiado porque sería arruinar el factor sorpresa de la película.

Lo mejor de Stockholm es el debate que genera después del visionado, la cantidad de cuestiones que plantea y deja abiertas. La vi en un céntrico cine de Madrid unos días antes de la ceremonia de los Goya, en la sesión golfa. Fuimos al cine un grupo de cuatro personas, de las cuales dos nos posicionamos a favor de ella, y los otros dos a favor de él. De sus maneras de actuar. Cada uno de nosotros planteó diferentes teorías e hipótesis que vertebraban las acciones de los protagonistas. Yo, sin duda, me posicioné del lado del ella, defendiendo que tenía todo lo que hace planeado desde el principio hasta el final pero que le dio a él muchísimas opciones de escapar de ese plan trazado. Pero él insistió una y otra vez, y la verdad es que lo hace con bastante gracia para finalmente rendirse a sus pies. 

Técnicamente se nota que hay carencias (¿falta de presupuesto?) pero Rodrigo Sorogoyen hace un gran trabajo y despliega su carisma para salvar la película de la mediocridad y elevarla. Con todo, la utilización de tantos planos diferentes resulta algo forzada en algunas ocasiones, casi más como una muestra de querer mostrar ese carisma que en concordancia con la línea argumental del filme. El guión resulta algo forzado en la primera parte, pero dentro de unos límites aceptables e incluso coherentes (¿acaso no sobreactuamos un poco cuando queremos ligar con alguien? Yo creo que sí y lo creo firmemente además) y en la segunda mitad se vuelve mucho más sucio y más vivo. Más real.  Sobre todo gracias a la interpretación de los dos actores: Javier Pereira consigue dar credibilidad a un personaje redondo e inestable psicológicamente, que es de una manera al principio y de otra muy diferente al final, casi opuesta, y afronta las escenas de tensión con arrojo. Un niño pijo acostumbrado a que todo le salga como el quiere. Ella, Aura Garrido está espléndida desde el principio: hecha a un personaje que dice y no dice a partes iguales. Un personaje roto incluso cuando se está riendo. Garrido se consolida como una de las actrices más a tener en cuenta en el panorama interpretativo español gracias a su solvencia, a su manera perfecta de equilibrar la fuerza desgarradora y la fragilidad más sutil.

Una película actual sobre la juventud, en la que prima el talento pero evidencia también que es necesario contar con financiación para poder sacar adelante los proyectos, porque hacer cine es muy caro pero devuelve a la sociedad mucho más de lo que cuesta. Stockholm es un regalo para los amantes de Madrid: para los que aman Madrid y los que se aman en Madrid. 

Os invito a verla (en Filmin la tenéis disponible por 2.95), a compartir vuestras impresiones, a debatir, a elucubrar. Merece la pena. Y el trailer es buenísimo: 

viernes, 8 de noviembre de 2013

MINIRESEÑAS. Tres películas donde brilla el odio.

Efectos secundarios, de Steven Soderbergh (4****)
Protagonizada por Jude Law, Rooney Mara, Catherina Zeta-Jones y Channing Tatum estamos ante un rompecabezas del (casi) siempre genial Soderbergh. Un reto para el espectador. Un thriller infernal y retorcido que tiene como protagonista a una mujer enferma de depresión y a su psiquiatra, en un juego de adicciones, verdades, mentiras y falso amor. También una reflexión sobre la sociedad podrida capaz de cualquier cosa con tal de ganar dinero. Una crítica al capitalismo estadounidense que pudre aquello que toca y lo recubre de una falsa capa de lujo u oro que crea falsas necesidades, que crea adictos vacuos. Efectos secundarios es la ambición y el odio. Jude Law está a la altura de este thriller en el que no se dan treguas, con un ritmo trepidante de principio a fin. Una historia rodada con la eficacia y la elegancia particular de su director, en la que no se puede pestañear ni un sólo segundo. Muy recomendable. 

El cuerpo, de Oriol Paulo (3***)
Bajo su apariencia de telefilme medio-cutre, encontramos una película que es capaz de enganchar a un espectador que no sabe muy bien lo que está ocurriendo. Un thriller con un inicio trepidante: un hombre corriendo por el bosque, huyendo de algo que no se sabe lo que es, es atropellado repentinamente por un coche. Y después, la desaparición de un cuerpo (el de Belén Rueda) en la morgue en extrañas circunstancias que un inspector (José Coronado, con un estilismo horrible pero con un papel que le viene como anillo al dedo y que parece que es capaz de hacer una y otra vez con diferentes matices y sin "peros") intentará descubrir lo que ha pasado. Todo apunta al marido de la fallecida (Hugo Silva, un actor cada día a tener más en cuenta dentro del panorama nacional, aunque todavía nos falta verle en un "gran papel") pero nada es lo que parece. El cuerpo consigue engañar al espectador y eso hace que nos olvidemos de sus fallos (entre ellos, los problemas de dicción de los actores, a los que en alguna ocasión me costaba entender, y un sonido que podría haber sido mejor), y nos arrastra hasta un final sorprendente que hace que, al final, haya merecido la pena su visionado. Sólo os daré una pista: si queréis que pasa con ese cuerpo desaparecido, pensar en el odio. 

Ayer no termina nunca, de Isabel Coixet (2**)
La nueva película de Isabel Coixet nos lleva hasta un futuro cercano, 2017. Un país, España, destrozado por la estafa de crisis que estamos viviendo. Y un pareja rota por una muerte del pasado fruto de los recortes sanitarios y por esa (esta) crisis agotadora. Ellos, después de cinco años, tienen que volver a verse las caras para solucionar un trámite en unos pisos que se construyeron pero en los que aparentemente nunca nadie llegó a vivir. ¿Dónde están los restos del amor? ¿Es cierto aquello de que dónde hubo fuego siempre quedarán cenizas o, por el contrario, el odio es más devastador y arrasa con todo? Un drama con dos buenas interpretaciones: Javier Cámara y Candela Peña, que no fallan. Pero el guión adolece de una excesiva teatralidad que empaña la verdad en esta película triste y destructora. Es una película dura, demasiado cercana, demasiado pesimista y demasiado demoledora. Coixet en estado puro.