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viernes, 27 de septiembre de 2013

BAILAR EN LA OSCURIDAD, de Lars Von Trier


Bailar en la oscuridad es un musical y un drama, y una historia sobre migrantes, y un desgarro de la piel, y una venda en los ojos. Bailar en la oscuridad es una joya de Lars Von Trier, es la genialidad de Björk y la elegancia de Catherine Deneuve. Bailar en la oscuridad es la fuerza del cine y del arte fundidos.

Es la historia de una inmigrante checa, madre soltera, que trabaja en una fábrica de Estados Unidos e intenta ahorrar todo el dinero posible para que su hijo no padezca en el futuro la misma enfermedad que ella padece y que hará que se quede ciega progresivamente. Todo parece bajo control un día. Al siguiente, todo se desmorona. 

Al director danés no le tiembla el pulso a la hora de hacer una crítica a la sociedad estadounidense (¿una crítica a la sociedad en general?), arraigada en sus profundos valores conservadores, encajonada en sus clichés, por erróneos que puedan ser a veces: el buen policía que protegerá a los ciudadanos, la sociedad consumista que obliga a gastar y gastar descuidando las necesidades reales, o el trabajo que trata al hombre como si fuera una máquina y no un ser humano. Y no le tiembla a Von Trier el pulso ante un planteamiento cinematográfico arriesgado, contado con su particular movimiento de cámara: un musical que deriva en un profundo drama sin perder las escenas oníricas, esas en las que la protagonista se escapa de su realidad.

Hay que ser muy valiente para hacer una película como está, y muy brillante para hacerla tan bien, sin rastrojos de telefilme, sin sensiblerías, nutriéndose del drama y del espectáculo visual de los musicales. Y para llegar a buen puerto dejó en las manos, en los ojos y en la voz de la cantante islandesa Björk el papel protagonista: una interpretación entrañable e inolvidable. Ella es sencillez, ella es luz en la oscuridad y ella es la genialidad de la música. Sólo Björk podría haber estado a la altura de este personaje tan único y tan maravilloso.

Ganadora de la Palma de Oro y del Premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cannes, Premio Goya a la Mejor Película Europea y nominada en la categoría de Mejor Actriz Dramática en los Globos de Oro, Bailar en la oscuridad es una película aterradora, que va haciendo al espectador más y más pequeño hasta llegar a un final en el que le deja en estado de shock, incapaz de llorar y con perlas de sudor en la frente, de tanta tensión acumulada. Es un trago de tequila que arde en las entrañas. Es hipnosis. Es herida.

martes, 6 de diciembre de 2011

MELANCOLÍA, de Lars Von Trier


Melancolía llegaba a las carteleras con una carta de presentación impecable: dirigida por uno de los pesos pesados del cine europeo, el danés Lars Von Trier, personalísimo y extremo, cuyas películas no dejan indiferente a casi nadie; y protagonizada por Kirsten Dunst, que se alzó con el premio a la Mejor Actriz en el último Festival de Cannes. Y por si esto fuera poco, el pasado sábado Melancolía conseguía el premio EFA como Mejor Película Europea del Año, en la que fue, probablemente su edición más caótica, incoherente y desfasada: Melancolía ganó el premio a la Mejor Película, pero Von Trier se quedó sin el éxito absoluto ya que el EFA a la Mejor Dirección se lo llevó Susanne Bier por In a better world y el premio al Mejor Guión fue a parar a los hermanos Dardenne por El niño de la bicicleta. 

Puede que considere en mi fuero interno que el premio a la Mejor Película Europea sea algo excesivo, pero lo que sí es cierto es que la nueva obra de Lars Von Trier es una oda a la tristeza y a la destrucción, a pesar de que en las primeras escenas vemos a Kirsten Dunst natural y sonriente, feliz por esa boda que está celebrando, su boda. Pero rápidamente todo conduce al desastre, y hay momentos en los que nada tiene sentido, pero da lo mismo... al menos a Von Trier le da lo mismo, es "su" guión. Y es que Melancolía es una película apocalíptica en todos los sentidos, el personal y el colectivo. Y podríamos decir que el apocalipsis no tiene sentido.

Comienza con un precioso pero inquietante prólogo en el que no sucede nada, tan sólo suena música de Wagner y desfilan unas imágenes que no podemos saber con certitud qué significan ni a dónde nos llevan (al menos aquellos que, como yo, no conocíamos nada del argumento de antemano). Aunque podamos intuir que se trata de un flashforward a cámara super slow. A partir de ahí, dos capítulos diferenciados: el primero para presentarnos a Justine el día de su boda, un evento que se convierte en su particular apocalipsis, como ya he mencionado. El segundo, cuando Justine ya está totalmente destruida, Von Trier nos lleva hasta el hogar de  su hermana (Charlotte Gainsbourg) y su cuñado (Kiefer Sutherland) para profundizar en la inquietud de ambos ante la inminente cercanía a la Tierra del planeta Melancolía. Se trata de un planeta que estaba oculto detrás del Sol, y que comienza a desplazarse a través de nuestro Sistema Solar, rozando Mercurio y Venus y acercándose peligrosamente a nuestro hogar. 

Melancolía es una obra a la que me cuesta poner “peros”, más allá de mi personal falta de conexión con este director. Es una obra visualmente bella (impecable fotografía, iluminación y música, me gustan menos los movimientos de zoom que apasionan a Von Trier…), es aguda, aunque más filosófica de lo que me hubiera gustado. Melancolía no consigue conmoverme, sí inquietarme. Y el derroche de angustia (al que contribuye sobre todo una fabulosa Gainsbourg) es tan excesivo que, tras el visionado, se queda en el cuerpo durante varios días.

Melancolía es una película apocalíptica que juega con la credibilidad, la racionalidad y la emoción de un espectador incrédulo, pero Lars Von Trier es un maestro a la hora de hacer que lo más hueco de realidad parezca verosímil, incluso en aquellas ocasiones en las que de nuestra boca sale una frase de “no hay quien se lo crea”, mientras que en nuestro interior callado se construye un “pero y si…”.  Inquietante.