La nueva película de David Trueba es una de esas pequeñas historias sobre un héroe anónimo que perseguía un sueño, tan pequeño como su historia, como él, el sueño de decirle a John Lennon que por favor pusiera las letras de sus canciones en sus discos porque le costaba mucho entenderlas al completo y utilizarlas en sus clases de inglés, porque las entendía, sí, claro, él era profesor de inglés y conocía el idioma, pero siempre hay pequeñas cosas que se escapan, una palabra de la que se duda porque se dice medio suspirando, o porque la música la tapa y no se escucha del todo bien. Y cuando Antonio se entera de que Lennon está rodando una película en Almería coge carretera y manta para cumplir su sueño.
En el camino recoge a Belén, una joven que se ha escapado de un "colegio especial" donde estaba interna, y a Juanjo, que ha huido de su casa con ansias de libertad. Vivir es fácil con los ojos cerrados es una road movie en una primera parte entrañable, porque el viaje que hacen los tres será, sin saberlo, un viaje de reconocimiento personal en un espacio pequeño y compartido, intenso desde la inocencia y perfectamente ejecutado. La segunda mitad de la cinta, más estática, pierde algo de la magia primera, pero no llega a perder la delicada emoción que está latente en todo el conjunto.
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| David Trueba (con gafas) junto a los protagonistas. |
Desde ya reivindicando el Premio Goya por fin para Javier Cámara, porque esta película es suya, porque está inmenso, porque tiene todo el peso y lo maneja con fluidez, dejando el espacio necesario y justo a cada uno de los actores que le acompañan en el reparto: una Natalia de Molina que derrocha frescura y que también merece estar en la terna por el Goya a Mejor Actriz Revelación, unos Jorge Sanz y Ariadna Gil adaptándose al papel rancio que llevan haciendo 20 (¿o son 30?) años y un Francesc Colomer sosísimo y con un acento catalán que es el mayor "pero" de la película, más que nada porque el chico interpreta a un madrileño. ¿No había un madrileño capaz de interpretar ese papel?
Vivir es fácil con los ojos cerrados es un retrato amable de un sueño pequeño que quizás se hiciera realidad, quién sabe. Una película, en definitiva, que se ve con una media sonrisa durante algo más de una hora y media.
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