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jueves, 22 de marzo de 2012

Crítica de INTOCABLE, de Olivier Nakache y Eric Toledano


Si hace unos días hablaba con rabia de una película española para olvidar, hoy no puedo más que quitarme el sombrero –una vez más- ante la cinematografía francesa, que debe ser la referencia y el espejo en el que se tienen que mirar las productoras españolas.  Intocable ha costado más de nueve millones de euros, es una película cara, de eso no cabe duda. Pero lleva recaudados ya más de 200 millones, algo que en España supondría, no un balón de oxígeno, sino un campo de fútbol gigante lleno de balones de oxígeno. Pero lo mejor, por lo que me quito el sombrero, no es por las magnificas cifras económicas, que ya es mucho, puesto que solo en Francia esta película ha tenido 19 millones de espectadores, sino por tratarse de un cine de entretenimiento que entretiene, algo que puede parecer redundante, pero que hay veces que se echa de menos en este tipo de películas. Y entretiene sin caer en una sucesión de gags ni en un humor que pueda resultar vulgar o estridente.

Intocable es la historia de Philipe, un millonario tetrapléjico, que necesita contratar a un asistente. Driss, un chico de un barrio pobre de París, acude a la entrevista obligado por la oficina de desempleo, sin ganas de conseguir ese puesto de trabajo pero, paradojas de la vida, esto propicia que Philipe le contrate. Desde ahí, la película se centra en la historia de amistad que surge entre ellos. Con una sinopsis tal, no puedo más que reconocer lo previsible que es todo desde el primer minuto. ¿Por qué entonces el éxito de Intocable? La respuesta es sencilla, por la eficacia del guión y la dirección de Olivier Nakache y Eric Toledano, y por la calidad interpretativa de los actores: François Cluzet y Omar Sy. El primero, Cluzet, es uno de los mejores actores del cine francés, ganó el César por la compleja No se lo digas a nadie e hizo reír a todos con su papel neurótico en Pequeñas mentiras sin importancia. El segundo, Omar Sy,  en estado de gracia, deslumbrando con este papel que le venía como anillo al dedo, por su corpulencia, por las facciones de su rostro, por la expresividad de su cara, que se ajusta tanto a la dureza como la amabilidad. Sy que ha ganado este año el César como Mejor Actor Protagonista, imponiéndose en una terna en la que competía Jean Dujardin que, irónicamente, ha ganado el Oscar de Hollywood. Puede parecer que el mundo está loco y que de repente a los franceses les ha entrado el síndrome que padece la Academia de Cine español de no premiar lo que premian fuera, como ocurre con Almodóvar, obviado a veces aquí y adorado en el exterior. Pero es que Omar Sy merece ese premio, no sé si más o menos que Dujardin, pero su actuación merecía un reconocimiento, y qué mejor que premiarle en casa, en donde ha conseguido hacer disfrutar a 19 millones de franceses. De hecho, creo que ese César debería haber sido ex aequo, y puestos a premiar aquello que el público quería que se premiara, Sy tendría que haberlo compartido con Cluzet, por el ejercicio de química indiscutible.   

Y es que Intocable engancha y gusta. Ya conoces lo que va a ocurrir, sí, pero da igual, te dejas llevar por esa amistad que nace entre los dos hombres, esa amistad que les une y les hace intocables, ajenos a la desgracia: pronto uno deja de ser un minusválido y el otro un negro de un barrio marginal para ser, simplemente, dos amigos que se necesitan. Es un proceso de reconocimiento y aceptación mutua que se convierte en una búsqueda interior que les hace más grandes. Una película donde adquiere importancia el contacto físico sin que éste conlleve un matiz sexual, porque Driss tiene que limpiar, vestir, mover a Philipe. Y resulta que lo hace con tanta eficacia y tanta naturalidad que Philipe ya no quiere deshacerse de él. Se convierte en las manos que no pueden sostener el tenedor, en los pies que no pueden caminar.

Intocable es más que una película bonita, es una sonrisa constante, una emoción febril que hace brillar los ojos de alegría, un bálsamo de humanidad. Es una película que ha nacido para el espectador, para que la gente acuda a verla y salga contento de la sala, para que la recomiende. Para ser número 1 en la taquilla. Y cuando todo eso se consigue, se puede decir que es un éxito. Un gran éxito.

viernes, 3 de junio de 2011

PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA, de Guillaume Canet


El actor Guillaume Canet se pone detrás de la cámara por tercera vez para dirigir esta película que consiguió más de cinco millones de espectadores en Francia durante 2010, más incluso que Origen.

Y es que Canet, del que están enamoradas tantas jóvenes y no tan jóvenes francesas (y franceses), consigue con esta película consolidarse como director tras la complejísima Ne le dis à personne y aquella ópera primera Mon idole, que dirigió hace ya casi una década. Y lo consigue por su acercamiento a las vidas cotidianas, a gente normal, con manías, con inseguridades, algo inestables anímicamente. Y besos, muchos besos en la cara entre amigos que se quieren.

La película empieza con una escena en una discoteca, la música alta, el color rojo saturando la pantalla, un hombre bailando, bebiendo. Sale de la discoteca y se monta en su moto: un plano secuencia maravilloso, de los que ya no se hacen, que recorre un París desierto al amanecer y que pone en tensión al espectador. Y después, un accidente.

Este es el intenso “prólogo” de Les petits mouchoirs, que narra las aventuras y desventuras de un grupo de amigos treintañeros, alguno ya cuarentón, que se van de vacaciones a una casa cerca de Bordeaux. Canet sabía que lo más importante de su película, cuyo guión ha escrito él mismo, confesando que incluye retazos de su propia vida, era que los actores otorgaran credibilidad a sus personajes, por histriónicos que pudieran parecer, porque sin tal premisa, un largometraje que dura 2 horas 40 minutos, caería en el tedio, algo que no ocurre en ningún instante.

Una obra coral en la que François Cluzet y Marion Cotillard (la mujer de Canet en la vida real, acaban de ser papás, por cierto)  tienen más peso. Pero todas las interpretaciones son frescas, cargadas de matices, y si Cluzet no puede más que despertar la risa con su estrés y su tensión, y Cotillard interpreta a una de esas mujeres independientes y sencillas, con las cosas aparentemente claras y una armadura que cubre su gran fragilidad  (una de esas mujeres a las que admirar a pesar de todo), el resto del reparto no se queda atrás en su buen hacer: Gilles Lellouche y Valérie Bonneton (ambos nominados al César por sus papeles), Benoît Magimel y Laurent Lafitte en sus papeles de hombres inmaduros que evitan enfrentarse a su realidad, y después, en papeles más pequeños, Pascale Arbillot,  Jean Dujardin (tan ausente y con tanto peso durante todo el filme, Dujardin es el ganador del Premio al Mejor Actor en el último Festival de Cannes por The artist)  o Anne Marivin. Todos espléndidos.

Una película que consigue mantener la atención del espectador de principio a fin y consigue, que es más difícil aún, hacer cambiar su estado de ánimo, pasando de la risa al llanto, de la risa limpia y sonora al llanto inevitable, y hacerlo con elegancia y naturalidad, parce que la vie est un peu comme ça, risas y llantos.

Maravilloso retrato de una generación de hombres que se niegan a crecer, que aman la vida y la belleza, que cierran los ojos ante las adversidades del destino y en los que la amistad, con sus buenos momentos, con sus etapas de distanciamientos, es el motor que les da fuerza para seguir adelante, a pesar de algunas pequeñas mentiras sin importancia.