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viernes, 13 de abril de 2012

TAN FUERTE, TAN CERCA, de Stephen Daldry


A veces es difícil ir a contracorriente. Soy consciente de ello. Pero Tan fuerte, tan cerca, que ha tenido unas críticas negativas en general, algunas tibias, es una película que me ha gustado bastante. Incluso más que bastante, porque me gusta la narrativa cinematográfica de Stephen Daldry, protagonista del mes en CAJÓN DE HISTORIAS. Os digo también, pese a todo, que es la que menos me ha gustado de las cuatro de este director. Pero es que las otras me parecen, prácticamente, obras maestras. 

Tan fuerte tan cerca (Extremely Loud Incredibly Close) es la búsqueda de una cerradura que una llave puede abrir. La llave que tiene Oskar, que le dejó su padre antes de morir en los atentados del 11-S. Oskar es un niño hipocondríaco, inteligentísimo, metódico, pacífista, inventor y, por qué no decirlo, algo pedante (muy pedante, de hecho). Traumatizado por la trágica muerte de su padre. Porque en esta película la tragedia tiene un peso indiscutible, el dolor se expande por la pantalla y lo recubre todo de una amarga hiel. 

Si hay algo que Daldry sabe hacer bien es dirigir a actores. Por eso esta película, que han tachado de sensiblera, manipuladora y cursi, que podría no ser más que un telefilme de sobremesa de Antena 3, se convierte en una película de cine con entidad propia y una calidad indiscutible gracias a la interpretación de Thomas Horn, el niño protagonista. Después del desagrado que me produjeron los niños de La invención de Hugo, llegaba con mucha desconfianza ante este actor infantil. Pero no, no hay sobreactuación, y la complejidad del papel era muy elevada. Con todo, eso no significa que Horn vaya a ser un buen actor en el futuro, todavía es demasiado joven. Pero aquí, sin duda, lo hace bien. 

También tengo que destacar a Max Von Sydow, que consiguió una nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto por esta interpretación en la que no dice ni una sola palabra, pero en la que expresa toda la ternura y todos sus miedos con la mirada. Maravillosa Viola Davis, que en unos pocos planos consigue tanta emoción, por su fuerza y por el agua de sus ojos. A Tom Hanks le he encontrado algo mejor que en Larry Crowne (aunque eso era fácil), pero sigo creyendo que está en bajísima forma interpretativa, y que poco o nada queda de lo grande que fue durante la década de los noventa del siglo XX. 

Pero lo que más rabia me da, lo reconozco ya, lo que me produce un enorme fastidio y hace que se me revuelvan las tripas -excepto mi apéndice, que ya no tengo- es confesar aquí, en mi CAJÓN DE HISTORIAS, que Sandra Bullock me ha gustado. Sí, me ha gustado. Yo, que tanto he criticado a esta actriz mediocre, de la que dije que "nunca ha sido buena actriz ni nunca lo será", a pesar de esa Oscar inmerecido que consiguió no sé ni quiero imaginarme cómo. Porque en su papel hay un dolor contenido, porque perder un marido al que amas y de una manera tan cruel hace que tu vida se parta en dos, pero ni siquiera puedes dar rienda suelta a ese dolor porque tu hijo, aunque lo niegue, te necesita. Y le amas. Bullock hace un papel de madre mucho más creíble que en The blind side, por la que ganó el Oscar, quizá porque ahora ella es madre y le ha sido más fácil transmitir ese sentimiento.

La solidez de sus planos y el color descarnado hacen que, junto a las interpretaciones, la película merezca, en mi opinión, las cuatro estrellas que le doy. Son cuatro estrellas pequeñitas, que no brillan como brillarán las cuatro de Billy Elliot o las cuatro enormes y luminosas que en su momento le di a The Reader. Pero las merece por volver a hablar del dolor y de la perdida sin tapujos, de una manera depurada, que reverdece la pena y también la ternura. Y eso es difícil y hermoso. Stephen Daldry, a mí, no me ha decepcionado nunca hasta ahora.