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viernes, 7 de noviembre de 2014

Crítica | 'Dos días, una noche', de Jean-Pierre y Luc Dardenne


Tras una baja por depresión, Sandra recibe una mala noticia de su empresa: o la paga extra, o ella. Y la decisión la han de tomar el resto de sus compañeros. Dos días y una noche es lo que tiene para convencer a sus compañeros para que voten a su favor, para que pueda conservar su trabajo.

Los hermanos Dardenne han realizado una película de corte social, dotándola de una intensidad casi de thriller gracias a ese argumento a la carrera. Para ello, se apoyan en una de las más grandes actrices del momento (de todos los tiempos, me atrevería a decir): Marion Cotillard. La estrella del cine francés hace, una vez más, una interpretación impecable: la de una madre de clase media sobrepasada por un sistema cruel, excesivo, donde la humanidad queda en segundo plano. Pero también la de una mujer que se sobrepone a los golpes, que lucha con todas sus fuerzas por ganar la batalla. Junto a ella, sosteniéndola, Fabrizio Rongione, uno de los actores habituales de los Dardenne.

Además de una Cotillard espléndida, en una de las mejores interpretaciones femeninas del año, Dos días, una noche, tiene dos cosas muy positivas: su vocación realista, con muchas escenas de la cámara al hombro, captando la verdad de la situación. Y evitar casi por completo juzgar las decisiones que van tomando los personajes, algunos de ellos no quieren o no pueden votar para que Sandra continúe en la empresa, y no se les criminaliza.

La película tiende a un mecanicismo del que sale bastante airosa y, quitando algunas sub-tramas moralizantes, constituye un retrato de esta Europa deshumanizada. El retrato más descarnado del proyecto fallido que es la Unión Europea, donde los intereses son económicos o no son.

Dos días, una noche es cine sin tapujos, cine de hoy, de una crisis moral y profunda, metida en casa. Es la historia de Sandra, belga. Y también de muchos otros europeos, de muchos españoles. Una compañera de trabajo me contó que vivió una situación similar en uno de sus anteriores empleos. Y la gente prefirió que despidieran a unos pocos a cambio de seguir cobrando lo mismo. Es lícito. Los Dardenne consiguen que esa pregunta ronde en el subconsciente del espectador durante días: "¿Y qué haría yo?"


  Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

domingo, 6 de noviembre de 2011

EL NIÑO DE LA BICICLETA, de Jean-Pierre y Luc Dardenne


El niño de la bicicleta es la nueva película de los hermanos Dardenne, con la que consiguieron el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y que también han presentado, con menos fortuna, a la Seminci de Valladolid. 

Nos cuentan la relación que se establece entre Cyril, un niño conflictivo abandonado por su padre, y Samantha, que se convierte casi por casualidad en su madre de acogida. Una relación complicada, que crece, que se infla y se desinfla, y que tiene bastantes destellos de hermosura. 

Los Dardenne se alejan de cualquier vestigio de melodramatismo para narrar con una cruda efectividad la historia universal del cariño, y vuelven a demostrar su buen hacer a la hora de sacar lo mejor de los niños: Thomas Doret, el joven actor, está sobresaliente en su interpretación que mezcla la rabia de una vida perra, y la bondad que sigue pegada a su piel de niño; apoyado en todo momento por una Cécile de France en plena forma, tan creíble y tan serena.

A los Dardenne no les tiembla la cámara (casi siempre al hombro, aparentemente inestable) a la hora de contar esta historia que podría haber sido una obra maestra, pero en la que los personajes secundarios (un novio de la madre innecesario, un delicuente juvenil que me sobra por completo) consiguen empequeñecer lo que merecía un protagonismo absoluto: la relación entre mujer y niño, madre e hijo al fin y al cabo.

Con todo, es una historia optimista, con un inicio espectacular y lleno de fuerza en la que un niño desgarrado por el abandono busca su bicicleta, una bonita metáfora de la solicitud del amor paterno que le ha sido negado. Una historia que, aunque tiene algunos puntos débiles, merece la pena ver, por tratarse de una bofetada en la conciencia y por tratarse, con increíble lucidez y sin moralinas, de un canto a la esperanza, a las nuevas puertas que se nos pueden abrir cuando la vida nos ha cerrado, de manera temprana y cruel, las puertas del que creíamos nuestro hogar.

martes, 25 de octubre de 2011

Crónica de mis días en la SEMINCI de Valladolid


Tres días de cine y ocho películas es el balance de estos días en la 56 Semana Internacional de Cine de Valladolid, la Seminci, uno de los festivales más prestigiosos de España (tras el de San Sebastián) y también uno de los más exigentes. De las ocho películas que he visto en estos días, siete pertenecen a la Sección oficial, por lo que espero que alguna de ellas esté entre las galardonadas. Un festival en el que la calidad es incuestionable y en la que el drama se impone de manera absoluta sobre la comedia. Pocas han sido las sonrisas que hemos vivido dentro de el Teatro Calderón, sin duda, ganan las lágrimas. 

A su debido turno, publicaré una crítica de cada una de las películas que he visto, casi todas me han gustado, unas más y otras menos, y tan sólo una de ellas me ha producido sopor, aunque he de reconocer algunos aspectos de esa que merece rescatar. 

Mucha menos suerte hemos tenido con los cortometrajes. He visto tres y los tres me han disgustado.

Mi Seminci comenzó el sábado por la noche, mientras tenía lugar la Gala inaugural, y acudía al Cine Casablanca (muy pequeño y muy cómodo) para ver, dentro del ciclo de Cine español, Todas las canciones hablan de mí, de Jonás Trueba.

La jornada siguiente, la del domingo, fueron cuatro (sí, cuatro) las películas que vimos: Habemus papam, del italiano Nanni Moretti. Uno de los grandes del cine europeo y, para mí, una de las grandes películas que he visto en este festival, la única que me ha despertado sonrisas dentro del drama (el resto son dramas en estado puro, desnudas por completo de humor). Al finalizar, aplaudieron el filme, aunque con tibieza.


Toni Bestard y el reparto de El perfecto desconocido
Siguió a lo último de Moretti El perfecto desconocido, la ópera prima de Toni Bestard. Los prensa de Valladolid decidió machacarla. Pero a mí me parece un producto más que digno para un realizador novel, consiguió mantener mi atención en todo momento y los actores me parecen naturales y acertados. La sala ovacionó el la cinta sin reparos. Aunque, como podéis ver en la foto, el reparto casi al completo estaba allí, así que supongo que gente del equipo aplaudiría y a otros, en caso de que les disgustara, decidirían abstenerse de abuchear ante los creadores de la cinta, ¿no?. 

Tras ella, siguió Profesor Lazhar, película de Philippe Falardeau que representará a Canadá en los Oscar e intentará repetir la hazaña del año pasado de Incendies, el filme fracófono de Denis Villeneuve que consiguió estar entre las cinco nominadas. Profesor Lazhar es un drama profundo y amable, con el humorista argelino Fellag en estado de gracia. A pesar de la ovación que le dedicó el público de la Seminci, yo confieso que no conseguí conectar del todo con la película.

Gustavo Taretto, Pilar López de Ayala y Javier Drolas
El último largometraje de la jornada fue Medianeras, una co-producción hispano-argentina (más argentina que española) dirigida por Gustavo Taretto y protagonizada por Pilar López de Ayala y Javier Drolas. Un película romántica sin amor, una tragicomedia sin risas con algunas escenas brillantes, que, durante el pase, hizo patalear a algunas personas de la sala, aunque los aplausos se escucharon más.

La jornada del lunes nos despertamos pronto para acudir, a las 8:30, a ver In darkness, una de las películas más potentes de esta edición de la Seminci y que peleará por la nominación al Oscar representando a Polonia. Y suena en todas las quinielas. Visualmente minuciosa, con una dirección magistral y unas interpretaciones sin peros, la única pega que le encuentro a esta película dramática es que trata un tema que ya se ha tratado mucho: la II Guerra Mundial, los judíos y los nazis. El publicó ovacionó.

Siguió la jornada con El niño de la bicicleta, de los hermanos Dardenne, viejos amigos del festival, puesto que en 1996 se llevaron la Espiga de oro con La promesa. El niño de la bicicleta es muy buena película, el niño Thomas Doret está en estado de gracia, y Cécile de France maravillosa. Igualmente, hubo ovación.

Y para despedirme de estas jornadas de cine, la última película que visioné fue Restauración, un drama israelí que intenta ser profundo, pero es espeso y me produjo un gran sopor. Tiene algunas cosas muy buenas, como la música, o la interpretación del protagonista principal. Fue acogida con muchísima frialdad, ni aplausos ni abucheos.

Como sabéis, en la mayoría de los festivales, hay un Premio del Público. En la Seminci, los asistentes dan de uno a cinco puntos a cada una de las películas. No desvelaré mis votos, pero sí os quiero informar cuál ha sido el veredicto general de las cinco personas que conformaban mi grupo en la Seminci, con los que he disfrutado de la ciudad de Valladolid, de sus noches, de sus claretes, de sus pinchos y, sobre todo de su cine:

1. Habemus Papam, de Nanni Moretti - 4,6/5
2. Profesor Lazhard, de Phillipe Falardeau - 3,8/5
3. In Darkness, de Agnieszka Holland y El niño de la bicicleta, de Jean Pierre y Luc Dardenne - 3,5/5 
4. El perfecto desconocido, de Toni Bestard - 3,4/5
5. Medianeras, de Gustavo Taretto - 2,8/5
6. Restauración, de Yossi Madmoni - 2/5