Ha sido el blockbuster del verano. Para muchos, una gran película que tiene, incluso, posibilidades de colarse en los próximos premios Oscars (yo no lo creo, quitando, si acaso, alguna nominación técnica…). Otros, en cambio, la han detestado. Aunque, sinceramente, ni una cosa ni la otra. Ni amor ni odio. Ese es mi veredicto.
Super 8 es una película de entretenimiento, efectista, con un aire retro y un montón de guiños a las películas de Steven Spielberg (quien, de paso sea dicho, es el productor de la cinta). Trata sobre unos niños que quieren rodar una corto de zombies y, para hacerlo, tendrán que sortear las trabas e impedimentos que les ponen sus padres, escapándose incluso de casa por las noches. Una de esas noches, ruedan cerca de la estación y justo tiene lugar un (espectacular) accidente de tren. Desde ese momento empiezan a suceder unas cosas extrañas, parece que en ese tren viajaba “algo” que no provenía de este planeta. ¡Qué sorpresa para los niños cuando descubran que han recogido imágenes de ello con su cámara Super 8!
La película tiene mucha acción, los niños actúan francamente bien (sobre todo Joel Courtney y Elle Fanning, hermana de Dakota), y no le pondría pegas como película de entretenimiento si no llega a ser porque muchos de los sucesos que acontecen ya los hemos visto en otras películas. Para mí, más que un homenaje, es una falta de creatividad. ¿Dónde está la línea divisoria entre homenajear y copiar? No creo que Super 8 sea una copia de ET, pero hay demasiados elementos comunes que hacen que la de 2011 se convierta en una película previsible en exceso.
Tengo que reconocer que el principio me fascinó, que la pasión de los niños por grabar su película me parece grandiosa, pero después la película tira por otros derroteros y, la verdad, pierde la magia, aunque sigas sentado en la silla sin poder parpadear, debido, claro está, a los efectos especiales de primera calidad.
Con todo, la recomiendo, sí, porque es entretenida, la recomiendo por el principio que nos devuelve las ilusiones que teníamos de niños, que a veces se hacen realidad, aunque la mayoría de ellas se disuelven en el olvido, y dejamos de hacer lo que más nos gusta por un injustificable miedo de adulto, por estar demasiado ocupados o porque es un sueño demasiado ambicioso. Cuando explota el tren, la película decae y podemos desactivar el cerebro y ver desfilar las imágenes sin más, puesto que todo es demasiado sencillo, Super 8 para ver y olvidar, pero hay veces que, según las circunstancias, eso tampoco está mal, ¿no?

