Creo que cada vez conecto más con películas que destilan un aire de sencillez, como Beginners, que reseñé hace unas semanas, o esta que nos ocupa hoy, Los descendientes, con la que Alexander Payne se mantiene fiel a su estilo de grandes pequeñas superproducciones de falso corte indie. Ha contado esta vez con George Clooney, dándole un papel jugoso y complejo que el querido americano ha sabido aprovechar.
La película es la historia de Matt King, un hombre que tiene que hacerse cargo de sus hijas cuando su mujer sufre un accidente que la deja en estado de coma. No es que antes no se hiciera cargo de ellas, sino que tenía un papel de educador más secundario, y esa nueva situación le lleva a tomar las riendas. Lo que no se espera es descubrir que su mujer le era infiel. Esto le lleva, junto a sus hijas, a una búsqueda del amante pero, sobre todo, se trata de una búsqueda interior. De quién es, de qué es lo que debe hacer. Porque este conflicto coincide con la decisión que ha de tomar sobre vender o no unas tierras hawaianas que han pertenecido a su familia durante décadas.
Sí, esta película está ambientada en Hawai. Pero en los primeros planos ya descubrimos que no es el Hawai de vacaciones constantes y surf. Sino que nos presenta la vida cotidiana de unas islas donde, a pesar del ruido, del tráfico y la globalización, se vive de otra manera. Y los ejecutivos llevan camisas de flores. Me ha gustado mucho que no fuera Nueva York o Los Ángeles, ni la América profunda tampoco, sino un espacio distinto, casi nuevo, casi virgen.
Los descendientes, que se ha llevado ya el Globo de Oro a la Mejor Película Dramática y al Mejor Actor, además de contar con cinco nominaciones para los próximos Oscars, es un filme eficiente, con un guión que destaca y brilla, que es dramático, sí, pero que no se regodea en las miserias, más bien aporta una perspectiva optimista sobre esta situación dolorosa que es perder a tu esposa, que es enterarte además de que ella te engañaba, que no te quería. Incluso Payne consigue sacarnos alguna risilla, por la frescura de la hija pequeña y por la naturalidad del amigo de la hija mayor, quien empieza muy bien pero evoluciona hacia una pedantería inoportuna.
Pero, hablando de las actuaciones, las mejores son las de Clooney y la hija mayor, interpretada por Shailene Woodley. No soy muy fan de Clooney, pero reconozco que su papel es complejo y consigue soportar un peso de una película que no es perfecta, y cuyo guión tiene altibajos, con unas partes álgidas sobresalientes y otras en las que se cae en la mediocridad y que bajan un escalón en el nivel de calidad de la película (el momento en el que la esposa del amante acude a ver a la mujer en coma al hospital es tan patético que casi echa a perder el conjunto).
Clooney está veraz, cuando ese era el reto más difícil de esta película, por tener que enfrentarse a una infidelidad y a un coma al mismo tiempo, por los estados anímicos que podrían haber caído en el histrionismo o en la sensiblería, y no lo hace. Clooney nominado a un Oscar que puede que lleve su nombre, parece uno de los favoritos. Pero, a pesar de los halagos que aquí incluyo, un Oscar es demasiado para este papel.
En definitiva, una película que retrata con humanidad los dolores contenidos, que se mueve entre la identidad y la dignidad, hermosa por conseguir que lo humillante no lo parezca tanto, límpida por alejarse del melodrama y lo esperpéntico con soltura, cuando algo así parecía tarea imposible, y con unas interpretaciones notables. Merece la pena verla. Venga, cuatro estrellas, que hoy estoy generoso.
Un post para recordar: Up in the air, de Jason Reitman
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