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sábado, 21 de abril de 2012

BILLY ELLIOT, de Stephen Daldry


Hay películas que se convierten en clásicos al instante. Esta es una de ellas. Con los revisionados puede que haya perdido algo del glamour visual que alguna vez tuvo, ya saben, ha adquirido un tono añejo que hace que el espectador sepa, con solo ver un par de planos, que no es una película actual. Pero el mensaje y la calidad de su guión siguen intactos doce años después. Así que, sí, en el sentido narrativo, es actual. Hoy más actual todavía que ayer. Cosas de la recesión social a la que nos pretenden arrastrar.

En 1984, durante la huelga de mineros del condado de Durham, el padre de Billy Elliot se empeña en que su hijo reciba clases de boxeo. Pero lo que realmente él quiere es bailar ballet, porque es lo que quiere y porque sabe que puede hacerlo bien. Para ello, el niño tendrá que enfrentarse a su padre, a los clichés de una sociedad encorsetada,  sin más apoyo que el de la señora Wilkinson, su profesora de ballet.

Stephen Daldry, protagonista del mes en CAJÓN DE HISTORIAS, llegaba al panorama cinematográfico internacional pisando fuerte, con una ópera prima que fascinó a crítica y público. Una película emotiva, que mezcla con maestría el drama y la comedia, y que goza de la sinceridad espontánea de las primeras obras, siempre ocurre, en la literatura, en el cine, en la música. Puede – de hecho suele ser así – que el artista después se refine con el tiempo, que su estilo se consolide y vean la luz obras excelsas, mejores, pero seguramente carecerán de esa espontaneidad, de esa sinceridad e incluso de la pizca de ingenuidad que suelen contener las óperas primas. Porque todo late al pulso del corazón. Y Daldry hizo seguramente la película que quiso hacer, y no lo pudo hacer mejor.

En Billy Elliot pudimos comprobar ya el buen hacer de este director desconocido para sacar lo mejor de sus actores: el niño Jamie Bell hizo el mejor papel de su carrera, nunca ha vuelto a estar tan carismático. Y Julie Walters estuvo a punto de rozar el Oscar por el papel de la señora Wilkinson, uno de esos personajes entrañables. Una tragicomedia absolutamente efectiva, que consigue captar la atención del espectador gracias a su ritmo alegre.

Billy Elliot es una de mis películas favoritas. Porque trata sobre un sueño, un sueño complicado pero por el que un niño peleó a golpe de plié y demi plié. Porque el ballet es para niñas, eso dicen, pero no le importó, él quería bailar y se le iban los pies. Billy Elliot no es una película sobre la homosexualidad, porque ese niño no era homosexual. Sino que es una película sobre los clichés que nos impone la sociedad, sobre lo políticamente correcto y lo estándares que solo los valientes se atreven a romper. Pero sobre todo, es una película sobre las convicciones, porque con ellas el mundo se convierte en un lugar habitable. Así que gracias, Stephen Daldry, por este regalo tan dulce.