Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria
Tres bodas de más es una de las delicias que nos ha regalado el cine español esta temporada. Un cine español que es más cómico que nunca y, además, con calidad. ¿Cómo se mide la calidad en una comedia? ¿Cómo se mide la calidad, así en general? Es una pregunta de difícil respuesta y subjetiva siempre, pero en este caso, podemos decir que Tres bodas de más hace reír al principio, a la mitad y al final, y no recurre a la mofa gratuita (y sólo en una ocasión a la "caca", pero lo hace con mucho glamour y mantón de Manila de por medio), lo que es todo un acierto.
Es la historia de Ruth, una investigadora de treinta y algo años que no tiene mucha suerte en el amor. Su último novio (un iluminado Berto Romero) acaba de darle plantón y ella camina por la vida entre triste y desesperada sexualmente. Una situación que roza el patetismo y que fomentan tres invitaciones de boda: sus ex, incluido el último, han decidido casarse. El primero es un hippie ibicenco que parecía destinado a la vida desenfrenada en solitario (o en compañía de muchas), pero ya ven; el segundo, transformado en la segunda, que descubrió que quería ser mujer después de romper con Ruth; y el tercero y último, ese que se negaba a casarse como signo de rebelión de un sistema burgués, un clásico que termina casado, con dos hijos y un perro viviendo en un chalet.
Javier Ruiz Caldera (que firmó la parodia del mejor cine español en época de vacas gordas, Spanish Movie) dirige esta comedia con un guión divertido que consigue que la sala de cine se convierta en una experiencia de gozo compartido, y dirige a una Inma Cuesta en estado de gracia, demostrando su versatilidad, su buen hacer para el drama y para la comedia, sin altibajos, a la altura de las circunstancias. Y las circunstancias no son más que reírse de esa idea del amor romántico que se transmite de padres a hijos en el ADN, que es más falsa que un euro de madera y que nos arrastra sin remedio a ver en la pantalla algunos tópicos sobre el asunto - y los vemos con gusto, no crean -.
El reparto lo completan Berto Romero, nominado al Goya como Mejor Actor Revelación (y con bastantes posibilidades de llevárselo); Paco León, en un papel que le viene como anillo al dedo; Laura Sánchez, una transexual de altura; Quim Gutiérrez, haciendo exactamente el mismo papel que hizo en Primos (de verdad, sin matices diferenciadores); Silvia Abril, que nos regala mi escena favorita de la película, la del pezón negro (todavía sigo riéndome, lo juro); María Botto, de jefa despiadada que va de jefa guay (como la mayoría de los jefes, todo sea dicho); Rossy de Palma, grande como siempre; Joaquín Reyes, como colofón final; y, sí, me falta uno, el becario: Martiño Rivas, explotando su atractivo, tiene aquí el guapo más subido que nunca. Y cumple con su papel de co protagonista que deja brillar a la estrella principal.
En definitiva, 90 minutos de diversión, de escenas que recordar a la salida del cine con la sonrisa puesta. Merecidas siete nominaciones a los Premios Goya. No dejen de verla, que a nadie le amarga un dulce.

