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jueves, 17 de enero de 2013

ARGO, de Ben Affleck



Reseña publicada en LA FILA 11, mi sección mensual en el blog PONTE CINE, que os recomiendo seguir. 

Argo se presenta como una de las grandes apuestas de cara a la temporada de premios (para empezar, ya ha dado la sorpresa en los Globos de Oro) y seguramente es la consolidación como director de Ben Affleck en la que es su tercera película.

Estamos ante un thriller trepidante desde el principio, y eso es, quizás, lo mejor de Argo: que no da tregua.  Hay que destacar también otras cosas positivas de la película: la ambientación, que es magnífica; hacer que parezca sencillo lo que realmente es muy complejo gracias a la manera en la que se cuentan las cosas en el guión; las interpretaciones son todas correctas –que no brillantes- exceptuando, precisamente, la del propio director, que es también el protagonista y que nunca ha terminado de convencerme como actor. Que alguien le diga a Ben Affleck que deje de actuar de una vez por todas y se dedique a dirigir en exclusiva, que lo hace mucho mejor.

La historia, quizá por inverosímil más real que la ficción, es la de seis diplomáticos estadounidenses que tuvieron que ser rescatados de Irán haciéndose pasar por un equipo de cineastas canadienses en 1979, cuando los seguidores del Ayatolá Jomeini  ocuparon la embajada yanqui para pedir la extradición del Sha de Persia, en uno de los momentos de máxima tensión entre ambos Estados.

Con pequeños toques de humor gracias a los tejemanejes de los productores de Hollywood (dios salve a Alan Arkin), tiene también una parte dramática innecesaria, la de ese padre heroico separado de su hijo. Pero sobre todo tiene tensión, una tensión sincera que es lo que engrandece la película, la que hace que haya un momento en el cine en el que sientas cómo el corazón se acelera, en el que deseas que se acabe o terminarás gritando por no poder aguantar el ritmo. Por eso merece la pena.

Después del visionado, y siendo sincero, os diré que le busqué los “peros” y le encontré tantos que se me amargó el buen sabor de boca. Para empezar, los minutos finales, que amenazan con estropear el conjunto. Un epílogo dulzón que es casi imposible de digerir, incongruente, en ese intento de hacer la película “para todos los gustos”, “para él y para ella” que sólo consigue desprestigiar los productos cinematográficos made in Hollywood. Esta no es una película para comer palomitas, porque con el ritmo del thriller corres el riesgo de atragantarte, pero parece que a Affleck le pesa demasiado la nacionalidad capitalista y parece que al final se vende para vender. Lástima.  

Tampoco terminó de agradarme la visión que se da del pueblo iraní, eterno enemigo de Estados Unidos y que Affleck  expone como si de demonios se tratara, de burdos malvados y salvajes que queman una bandera estadounidense al principio, la misma bandera que ondea reluciente al final, porque los estadounidenses son todos angelitos benevolentes que desean la paz y el desarrollo para todo el mundo. A punto están de sobrevenirme vómitos. Tan carente de matices me parece, de un reduccionismo tal que lo mejor es obviarlo para no echar por tierra una película que merece la pena ver, de verdad, aunque dista bastante de ser la obra maestra que muchos decían que era.

viernes, 20 de enero de 2012

THE ARTIST, de Michel Hazavicius


¡Bienvenidos al mayor espectáculo del mundo! ¡Qué alegría cuando el cine se viste de gala y nos regala obras como esta! Y es que The artist es una película fuera de lo común, cinéfila por los cuatro costados, clásica por todos los poros y melancólica de principio a fin. Eso sí, de una melancolía nada común, una morriña alegre de un tiempo pasado que ya creíamos que no era más y resulta que sí, que nosotros, los humanos del siglo XXI, hemos presenciado en las salas de cine el estreno de una película muda. Bueno, casi, que a alguien se le escapa una palabra en algún plano. 

The Artist es como Cantando bajo la lluvia pero sin palabras, sólo con una música preciosa que la viste. Nos cuenta la historia de un actor de éxito que ve como la industria de Hollywood le excluye cuando el cine sonoro irrumpe y arrasa con todo lo anterior. ¡Qué grande Jean Dujardin! Salió triunfante del Festival de Cannes, ganó un Globo de Oro el pasado domingo y, que tiemblen George Clooney, Brad Pitt y Leonardo Dicaprio porque este actor francés que nunca ha salido de su país natal se vestirá de gala el próximo mes y pisará la alfombra roja de Hollywood con ganas de subir a recoger el Oscar, el premio más importante del mundo del cine. Grande Dujardin con sus gestos, con su señorío y una galantería en peligro de extinción, grande con su sonrisa de cine y su estrella. Una de las mejores interpretaciones masculinas que he visto en los últimos tiempos, una maravillosa manera de decirlo todo sin decir ni una palabra. 

Acompañándole Bérenice Bejo, una actriz desconocida para el público internacional que nos ha dejado a todos con la boca abierta gracias a ese derroche de energía, a ese volcán en erupción que llena la pantalla con los movimientos de su cuerpo y con la expresividad de sus ojos. Ambos son el alma y el corazón de esta película, dos actores de primer nivel que hacen fácil lo difícil, que ejecutan con maestría un papel lleno de complejidad física y emocional. 

Y junto a ellos, junto a los actores, una música inolvidable, porque The artist no deja de sonar, pero cuando la tensión alcanza su punto más álgido se nos regala la extraña sensación del silencio, de un silencio en la sala de cine al que estamos poco o nada acostumbrados, a un silencio absoluto que impide casi respirar. 

Me alegra que el cine francés, Michel Hazavicius en este caso, haya parido una película como esta, una película mágica por conseguir lo que habíamos perdido, por rescatar lo olvidado que, quizá no guste a todos, pero es que el cine, cuando es arte, no está al alcance de todo el mundo, pese a quien le pese, productores incluidos. Y con todo, esta película es ya todo un éxito comercial, porque en la mayoría de las ocasiones ha llegado al corazoncito del espectador, ha inundado su retina e inflamado su sonrisa. En definitiva, una oportunidad para escapar de este hoy tan espeso y disfrutar de un ayer que por fin no es rancio y lleno de guerras y postguerras, sino alegre y glamouroso, que suena y suena y se te queda dentro.