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viernes, 20 de enero de 2012

THE ARTIST, de Michel Hazavicius


¡Bienvenidos al mayor espectáculo del mundo! ¡Qué alegría cuando el cine se viste de gala y nos regala obras como esta! Y es que The artist es una película fuera de lo común, cinéfila por los cuatro costados, clásica por todos los poros y melancólica de principio a fin. Eso sí, de una melancolía nada común, una morriña alegre de un tiempo pasado que ya creíamos que no era más y resulta que sí, que nosotros, los humanos del siglo XXI, hemos presenciado en las salas de cine el estreno de una película muda. Bueno, casi, que a alguien se le escapa una palabra en algún plano. 

The Artist es como Cantando bajo la lluvia pero sin palabras, sólo con una música preciosa que la viste. Nos cuenta la historia de un actor de éxito que ve como la industria de Hollywood le excluye cuando el cine sonoro irrumpe y arrasa con todo lo anterior. ¡Qué grande Jean Dujardin! Salió triunfante del Festival de Cannes, ganó un Globo de Oro el pasado domingo y, que tiemblen George Clooney, Brad Pitt y Leonardo Dicaprio porque este actor francés que nunca ha salido de su país natal se vestirá de gala el próximo mes y pisará la alfombra roja de Hollywood con ganas de subir a recoger el Oscar, el premio más importante del mundo del cine. Grande Dujardin con sus gestos, con su señorío y una galantería en peligro de extinción, grande con su sonrisa de cine y su estrella. Una de las mejores interpretaciones masculinas que he visto en los últimos tiempos, una maravillosa manera de decirlo todo sin decir ni una palabra. 

Acompañándole Bérenice Bejo, una actriz desconocida para el público internacional que nos ha dejado a todos con la boca abierta gracias a ese derroche de energía, a ese volcán en erupción que llena la pantalla con los movimientos de su cuerpo y con la expresividad de sus ojos. Ambos son el alma y el corazón de esta película, dos actores de primer nivel que hacen fácil lo difícil, que ejecutan con maestría un papel lleno de complejidad física y emocional. 

Y junto a ellos, junto a los actores, una música inolvidable, porque The artist no deja de sonar, pero cuando la tensión alcanza su punto más álgido se nos regala la extraña sensación del silencio, de un silencio en la sala de cine al que estamos poco o nada acostumbrados, a un silencio absoluto que impide casi respirar. 

Me alegra que el cine francés, Michel Hazavicius en este caso, haya parido una película como esta, una película mágica por conseguir lo que habíamos perdido, por rescatar lo olvidado que, quizá no guste a todos, pero es que el cine, cuando es arte, no está al alcance de todo el mundo, pese a quien le pese, productores incluidos. Y con todo, esta película es ya todo un éxito comercial, porque en la mayoría de las ocasiones ha llegado al corazoncito del espectador, ha inundado su retina e inflamado su sonrisa. En definitiva, una oportunidad para escapar de este hoy tan espeso y disfrutar de un ayer que por fin no es rancio y lleno de guerras y postguerras, sino alegre y glamouroso, que suena y suena y se te queda dentro.